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Día del Maestro: Una vida al servicio de la enseñanza y la comunidad rural

Hace 22 años Lorena y Walter llegaron a San Pedro en la Tierra Colorada, provenientes de Esquina, Corrientes. Recordaron que en el año 1998 su provincia atravesaba una crisis económica y las fuentes laborales eran escasas. En ese momento, los egresados de la escuela Normal de Esquina, debieron elegir entre Formosa y Misiones para desarrollar su carrera.

“El docente es la segunda familia de los alumnos, ser docente es dar todo lo que podemos para verlos crecer, progresar y seguir un camino del cual fuimos partícipes, sin medir esfuerzos”, coinciden Lorena De Carlo (43) y Walter Marini (43), maestros rurales de San Pedro, al definir la profesión a la que dedican todo su compromiso.

Los docentes son pareja, por lo que comparten su vida y vocación  y, en la senda de la enseñanza tienen una trayectoria de más de dos décadas. A través de sus vivencias, El Territorio busca poner en valor el rol central de los educadores, hoy, en su día. 

Expresaron que la tarea del docente va mucho más allá de la finalización de cada clase en el aula: “Se trata de un acto de amor, valentía y empatía, tanto para con los alumnos como la familia y la comunidad”.

El destino, que ya los unió como pareja cuando eran estudiantes, quiso que siguieran el apasionante camino de la docencia juntos. Fue así como llegaron a la capital de la Araucaria para desempeñarse en la zona rural, encontrándose con una realidad muy distinta en comparación al lugar de donde provenían.

Primeramente Lorena comenzó a trabajar en el paraje Santa Rosa. Para llegar a la escuela caminaba 15 kilómetros. Las dificultades diarias llevaron a que más de una vez se replanteara volver a su tierra, pero la tenacidad y vocación pudieron más.

Una época mejor llegó a los meses, cuando a la pareja de docentes se les designó el cargo de maestros de grado en la escuela 700 de colonia Siete Estrellas, municipio de San Pedro, el 10 de julio de 1998.

Siete Estrellas está a 15 kilómetros de la zona urbana. En esa escuela contaban con servicios de agua y energía eléctrica pero los desafíos fueron enormes. En ese tiempo, la actual ruta 27 -hoy pavimentada- estaba recién en un proyecto de obra, el camino era de tierra. Comenzaron viviendo en un precario depósito de la institución y viajaban a dedo hasta el casco céntrico, con algún vecino o camionero que los acercaba.

Mientras las dificultades en cuanto a servicios se hacían notar, la paz en la colonia y el comportamiento tranquilo y respetuoso de los alumnos, los motivaron a quedarse, tanto que a la fecha cuentan con una vivienda propia a pocos metros de la escuela.

“Hace 22 años que somos docentes en la Escuela 700 y vivimos en la colonia. Las familias y los alumnos tienen carisma y amor. Era todo muy distinto antes, los caminos de tierra,  teníamos que subir a los camiones de madera, era todo muy difícil y sentimos que así como acompañamos el crecimiento de los alumnos también somos parte y vivenciamos el progreso muy favorable del lugar”, indicó la maestra Lorena.

Cambios vertiginosos
Los docentes evidenciaron que a lo largo del tiempo, la escuela atravesó numerosos cambios, que se hicieron más vertiginosos en los últimos años.

“Los cambios más notorios tienen que ver con los avances tecnológicos que fueron asimilándose en el sistema educativo, generando un abanico de estrategias pedagógicas y posibilitando el acceso a contenidos de todo tipo”, entendió la docente.

En tanto, Walter aportó: “Es verdad, el mayor cambio en la escuela fue la implementación de tecnologías, hace unos años teníamos solamente libros, no teníamos las herramientas que tenemos hoy”. Además, destacó el acompañamiento de las familias y la participación activa de la comunidad en vínculo con la escuela.

Situándose en una línea de tiempo, precisaron que el gran salto fue la irrupción de los celulares y computadoras y el proceso se potenció con el acceso a internet inalámbrico. Contar con internet -dijeron- resulta de gran utilidad en época de pandemia con las clases presenciales suspendidas.

“La implementación del sistema remoto de enseñanza es un gran desafío para los docentes y los alumnos. Hay que adaptarse rápido sin bajar los brazos, buscando llegar a todos los alumnos”, ponderaron.

“Fue desesperante al principio, la mayor preocupación era llegar y asistir a los alumnos cuyos padres no saben leer y escribir. La cuarentena se fue prolongando y la prioridad siempre es poder llegar a todos”, contó Lorena.

Paulatinamente y trabajando codo a codo con los padres, se logró que el 80 por ciento de las familias tengan conectividad a internet.  Y  los que no cuentan con el servicio, buscan la tarea de manera presencial, los viernes.

“Es muy buena la respuesta en cuanto a la continuidad del vínculo pedagógico”, explicó la pareja.

Si bien destacaron que la tecnología tiene muchas ventajas en el proceso de aprendizaje e incluso hace posible la continuidad de la escolaridad en este tiempo singular, no reemplaza la realidad y dinámica del aula presencial.

Walter ejemplificó: “Si en el aula lograr que los alumnos entiendan una división por dos cifras puede ser complejo y lleva su tiempo, imaginate lo que es hacer ese ejercicio por pantalla”. Así puntualizó en lo esencial que resulta, sobre todo en los primeros grados, el vínculo personal que el maestro mantiene con los alumnos. Allí no sólo se sostiene la transmisión de aprender algo nuevo sino el contener a los niños, especialmente en el caso de que presenten dificultades o algún problema.

Aunque las realidades pueden ser muy distintas a las que se suelen transitar en la zona urbana, el principal objetivo del docente es motivar al alumno a estudiar y tender puentes para propiciar el acceso a las mismas posibilidades.

“Me esfuerzo mucho en transmitir a mis alumnos la enorme capacidad que tienen, que pueden sí tornarse grandes profesionales, que no porque son de la colonia son menos. Creo que ver a nuestros ex alumnos hoy formados, con un título superior, y saber que fuimos parte de proceso, realmente nos llena de orgullo”, remarcó Lorena.

Superación
Venir de otra provincia a instalarse en la colonia alejada, no fue sencillo, sobre todo para Lorena que extrañaba mucho a su familia. “El hecho de ser aceptados y formar parte de la comunidad generó un sentido de pertenencia que hizo que pudiera superar todo. Las familias son muy predispuestas a ayudar, a participar de proyectos, son serviciales y atentos, quieren lo mejor para sus hijos y para el lugar”, describió Lorena sobre el impulso local que recibió.

Los maestros se convirtieron en referentes sociales en su comunidad y siempre están disponibles para distintas consultas de los vecinos. “Por ahí no logramos nunca desconectarnos del entorno escolar, porque siempre alguna familia recurre por algún motivo, y eso nos hace sentir útiles. Si podemos ayudar, somos felices, somos muy agradecidos a Misiones, a San Pedro y a esta colonia que nos dio todo. Acá tenemos nuestra vida”, sostuvieron.

Cuarentena
Asimismo, acerca de lo que más los afecta en esta cuarentena refirieron al cambio en la rutina de trabajo y la distancia con sus familias, a las que no pueden visitar. “Tanto ella como yo tenemos nuestros padres en Corrientes, ya con edad avanzada, es preocupante porque son personas de riesgo y el miedo que les toque el virus y no podamos verlos, nos llena de tristeza. Siempre íbamos en vacaciones, y eso es lo que más nos está costando en esta pandemia” señaló  Walter.

En Siete Estrellas dividen sus días entre servir a la comunidad, la familia, sus dos hijos: Camila de 17 años e Ignacio de 20, y sus mascotas. Ignacio ya sigue los pasos de sus padres y cursa el primer año del profesorado de educación primaria en la Normal 14 de San Pedro.

A la Escuela 700 asisten 160 estudiantes de nivel inicial al séptimo grado. “Esperamos pronto reencontrarnos en la escuela, ese espacio en el que enseñamos a los niños y aprendemos de ellos”, concluyó Lorena. 

Fuente Diario El Territorio Misiones

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