Primer hito: Pedro Aznar, apenas un niño de cinco años, movido vaya a saber por cuáles imágenes, escribe su primer poema. Con una suerte: la maestra lo lee. “Escribí un poemita sobre los colores. Me acuerdo que me llevaron a la dirección y yo dije, uh, ¿qué habré hecho? Pensé que me iban a retar. Y resultó que la maestra estaba muy emocionada. Me llevó a hablar con el director, me preguntaron si quería publicarlo en la revista de la escuela. Esa fue mi primera publicación. No tenía demasiada conciencia de qué significaba eso, pero era algo bueno”.
Los hitos podrían seguir indefinidamente; son muchos esos momentos cruciales en los que la vida del legendario músico, compositor, poeta, escritor, productor, sommelier, fotógrafo, fueron armando este camino que hoy lo encuentra con medio siglo y un poco más como artista indispensable.
Esos puntos de inflexión en su vida irán apareciendo de a poco en la larga charla rodeada de bosque porque Aznar, que hace un año lanzó su propia marca de vino (Akasha), que hace apenas unos meses presentó un nuevo disco (La hora de la infamia) y que desde hace un tiempo vive entre Buenos Aires y Mar de las Pampas, recibió a LA NACION en su hogar de la costa, el lugar donde procura pasar más tiempo.
–¿Cuál fue tu primer hito musical?
–Entrar al grupo Madre Atómica a los 14 años fue un gran hito en mi vida. Conocí al Mono Fontana y Lito Epumer por un amigo de ambas partes, ellos se habían quedado sin bajista y pegamos la mejor onda del mundo, como amigos y como músicos. Me preguntaron si me animaba a tocar el bajo. Dije que sí rápidamente. Ese fue un punto importante, de despegue.
–¿Ese primer bajo aún lo tenés?
–Lo tengo, es un tesoro; lo usé con Serú Girán, le saqué los trastes y grabé el primer disco de Serú y La grasa de las capitales. El siguiente punto de inflexión fue entrar al grupo Alas, con Gustavo Moretto y Carlos Riganti, a los 17. Después, ya Serú Girán, a los 18. Fue dejar de ser una joven promesa para pasar a estar en lo que era a todas luces un supergrupo. Siendo muy chiquito de golpe salté al gran escenario público. Con tres tipos que eran referentes míos (Charly García, David Lebón y Oscar Moro). Esos primeros cuatro años con Serú fueron definitorios. A los 23 entré al grupo de Pat Metheny e hicimos giras mundiales. Fue exponencial. Y cuando me fui definitivamente de ese proyecto, en el 93, decidí poner proa a mi carrera solista. Y desde entonces estoy con eso. Hubo un montón de otros hitos y de cosas importantes, pero se puede decir que a partir de ahí soy mi propio dueño y tomo todas las decisiones en cuanto a mi música.
–Y eso de ser par de los que habían sido tus referentes, ¿cómo era?
–Había, de parte mía, una sabia inconsciencia de la juventud. Y de parte de ellos una sabia escucha. Decían “qué atrevido este pibe, pero por ahí tiene razón”. Yo me lo venía tomando muy en serio desde los 14 en cuanto a la pisada sobre un escenario. También toqué con Raúl Porchetto a los 16, tocamos en el Luna Park, hicimos giras. Desde muy, muy chiquitito, estaba imbuido de todo eso. Y sentía el… no quiero decir el peso, pero sí la responsabilidad de que cuando te subís a un escenario tenés que darlo todo. Y lo venía haciendo desde siempre. Lo que pasa es que ahí tenía el ojo público encima.
–¿Y esa inconsciencia la tenías? ¿Tenías claro que te estaban mirando muchas personas?
–Sí, mezclada con una sensación de… ¡Guau! Esto va muy en serio. En el sentido de que hay mucha gente mirando. Siempre fue verdad, pero era verdad para muchos, para muchísimos. Entonces, cambia el sentido de lo que estás emprendiendo. Cobra un alcance mucho mayor. Pero la pasión y el respeto fueron siempre los mismos. Eso no cambió nunca. No importa todo lo que pasó en el medio. Desde mis 14 años hasta hoy, pasaron 52, es exactamente igual, porque me acuerdo cuál era la sensación. Lo que sí sé es que hoy cuando digo o hago algo hay gente que está atenta a eso. Le da una relevancia que a la vez es una responsabilidad.
–¿Te pesa a veces?
–No. Pesar, no.
–Poder equivocarte…
–Como músico, yo ese permiso me lo doy. Cuando agarro un instrumento y compongo, o canto, o escribo, grabo, salgo a tocar, me reservo el derecho de poder equivocarme. Porque si no, no hay juego. No hay gracia. No me divierto yo y no divierto a nadie. Prefiero que se me traben los dedos, pero probar. Por ahí sale, por ahí no. Si no sale, me río y digo, bueno, la próxima voy a intentar de nuevo. Y le doy chance hasta que me salga. Si veo que es una catástrofe, lo abandono. Pero me doy ese derecho. Y como persona, lo mismo. Tengo una opinión sobre la vida, sobre la sociedad, sobre el mundo, sobre el arte que la comunico sin tapujos, digo lo que pienso. Sé que puede no gustarles a algunos y sí a otros. Pero no puede gustarle a todo el mundo. De eso hay que ser consciente. Como decían las tías de la familia, no se puede ser monedita de oro para todos.
–¿En un momento te diste cuenta de eso?
–Sí. Por defecto siempre querés gustar. Pero eso no es real. Es una fantasía que te lleva por mal camino porque terminás tergiversando quien sos. Si querés gustarle a todo el mundo, tenés que acomodarte todo el tiempo para no ofender a nadie.
–Viendo tu vida, tu carrera, sos una especie de comunicador, en el gran sentido de la palabra, incluso con los vinos también.
–Es un honor poder estar en esa posición. Porque desde ahí inspirás a mucha gente. Yo tengo muy presente a los y las comunicadores que me inspiraron a mí. Y me consta el respeto y el amor que les tengo. Con sus equivocaciones incluidas. Cuando alguien me lo dice, me enternece. Cuando era chico, soñaba con comunicar, con decir “esta emoción que yo siento cuando toco esto, ¿llegará del otro lado?”. Y cuando del otro lado te dicen que sí, claro que llegó, llegó con creces. Primero te lo dice uno, después diez. Cuando te lo dice un millón decís, listo, ocurre.
–¿Quiénes fueron tus comunicadores?
–Los amigos mayores, que han sido como hermanos mayores, me alertaban sobre discos que habían salido, artistas nuevos, películas, libros, ideas. Los músicos, los compositores y compositoras, escritores, cineastas. Son referencias que te ayudan a vivir y te ayudan a entender y a entenderte.
–¿Cuál es tu comunicador ahora?
–Es un número de gente. Pero siempre vuelvo a Alan Watts. Él fue uno de los referentes que me llevó a las filosofías orientales, al budismo. Y al día de hoy sigo descubriendo capas de sentido en lo que él decía.
–Ese encuentro con lo oriental lo comenzaste desde muy chico. Y te acompañó toda tu vida de manera constante.
–Sí. Medito desde los 26 años. También hago kundalini yoga todas las semanas y hay meditación ahí. También la meditación la puedo encender en un momento como este, por ejemplo, que está Chardonnay a bordo [su gata se acomodó en su regazo ni bien comenzó la entrevista]. Me puedo quedar callado y sé cómo apagar la radio de la mente y simplemente estar. Y eso es la gran lección de la meditación: que somos antes del discurso de la mente. El discurso de la mente es el ego que te relata cosas, que te trata de explicar, que te trata de llevar a la acción. Y ser está antes. La meditación lo que hace es encender eso. Una vez que se encendió no te olvidás más. Ya estás ahí. No necesitas hacerlo todo el tiempo para que ese estado de ser esté en vos y seas consciente de eso. Tocando por momentos pasa eso, no siempre, pero pasa que entrás en un estado de lo que llaman ahora flow. En un estado que estás fluyendo, en el que el tiempo está detenido. Estás en un estado de entrega de lo que pasa. Componiendo también pasa que no sé cuánto tiempo pasó. Puedo estar buscando una palabra o una nota un rato largo. Y en eso estoy como en un, no sé si llamarlo trance, pero es un estado como meditativo, donde estás buceando un poco en el inconsciente, estás conectando con la intuición.
–La meditación podría ser otro hito, tal vez.
–Sí, claro, sí, sin duda. A partir de una maestra, una iniciadora de meditación trascendental. Hicimos el ritual de agradecimiento, que en realidad es la iniciación. Te dan tu mantra y hacés un ritual de agradecimiento al linaje de maestros que vienen transmitiendo esa sabiduría de hace cientos de años. Y se ofrecen frutas y flores, y se enciende incienso.
–¿Y por qué llegaste ahí?
–Llegué por un músico amigo. Nos pusimos a charlar, hablamos de filosofías orientales. Me preguntó si meditaba y le dije que no técnicamente. Me pasó el contacto de esta persona y fui.
–Está bueno pensarlo así, no por una necesidad, no porque estuvieras mal, sino por una búsqueda personal de mayor conciencia…
–Exactamente por eso. No estaba en un mal momento, todo lo contrario. Pero sí me di cuenta de que era una herramienta para la vida.
–Cuando hablás de la composición y decís “buscando una palabra, buscando una nota”, ¿tu camino de compositor arranca ligado a lo musical inicialmente o las palabras te acompañaron siempre?
–El poeta le ganó al músico, por lo menos cronológicamente. Empecé escribiendo un poema en primer grado. La maestra lo leyó y le gustó.
–Ahí tenés otra comunicadora, que pudo ver un autor ahí.
–Adorable. Se llamaba Zulema. Nos volvimos a encontrar años más tarde, me vino a ver tocar. Fue muy emocionante volver a verla, la quería muchísimo. Ella fue la que dijo “che, este pibe tiene una inquietud. Acá pasa algo”.
–Es tan importante esa mirada.
–Le dio valor. Le dio impulso. Estaba habilitando una confianza en mí.
–Y tus papás también.
–También porque eso tiene un correlato. Mis viejos me apoyaron toda la vida. Mi papá era músico, violinista de tango. Cuando yo nací, él ya no tocaba, había sido músico semiprofesional. Le volvió a picar el bichito de tocar cuando yo empecé a tocar. Agarró el violín de nuevo y a veces tocábamos juntos. Animábamos las fiestas familiares. A él le daba cosa el hecho de la vida de músico que podía ser un camino duro para ganarse la vida.
–Poco estable para una familia.
–Exacto. Puede llegar a ser cierto. Me ha escrito gente a la que no le gusta el trabajo que tiene para vivir y me cuenta que su pasión es escribir o componer o pintar o bailar. Y no sabe qué hacer, si largar el trabajo y dedicarse 100% a eso. Lo que les aconsejo es que confíen en lo que hacen, que si pueden tener una opción B que pague la olla, traten de robarle unos minutos de tiempo a eso e ir cultivando lo artístico simultáneamente. Ir lanzándose cada vez más. Hasta ver si en un momento puede vivir de lo que ama. Si no es así, no importa. Que tiene que seguir haciendo lo que ama. Porque le ha pasado a infinidad de gente, artistas que después fueron célebres. José Saramago era mecánico de autos. Y finalmente se decidió a escribir a los 53 años. Y a los 80 ganó el premio Nobel. Esa historia derriba cualquier prejuicio. Yo me metí a estudiar sommelier a los 53 años. Era el abuelo de la clase.
–Y te encontraste con un universo totalmente desconocido, pero desde otro lugar sensitivo.
–Y una profesión que es igual de creativa que la música. Como la música, es arte y ciencia a la vez.
–¿Por qué el nombre Akasha para tus vinos?
–Akasha en sánscrito es el quinto elemento, significa éter, cielo o espacio y lo llaman también la conciencia divina o la mente del universo, lo que le da cabida a los otros cuatro elementos: fuego, tierra, aire y agua. Es la condición de posibilidad para que lo demás exista; primero esta ese sustrato. Se me ocurrió por una felicísima coincidencia un día que estábamos trabajando con mi socio Fran Evangelista en Mendoza con todo el equipo y en una jornada habíamos decidido una cantidad de cosas porque con Fran tenemos una velocidad de pensamiento y una comunicación casi telepática, y cuando nos estábamos yendo felices de que habíamos logrado un montón de cosas en unas pocas horas subimos al auto de Fran y Martina, una de las del equipo, medio en chiste dice “sí, muy lindo todo, pero todavía no tenemos nombre” y nos reímos. Miré el tablero del auto eran las 5.55, afuera hacía 5 grados y éramos 5 a bordo, el quinto elemento, Akasha, y lo dije y me dijeron que sonaba hermoso.
–Parece muchísimo tiempo, pero esto fue hace poco más de un año…
–Esto habrá sido en mayo de 2024, hace muy poquito y pasó de todo y nos ha ido hermosamente bien con los vinos; estamos en más de 50 puntos de venta entre restaurantes y vinotecas.
–¿Qué querías lograr con los vinos?
–Comunicar y emocionar, y que cuando huelas y pruebes nuestro vino te haga sonreír y digas “qué lindo lo que pasa acá” y se logró. El vino también es como un lienzo en blanco. Vas tomando decisiones desde el viñedo hasta la fermentación, en qué elemento decidís criarlo, envejecerlo, si vas a usar barricas, tonel, huevos de concreto o si vas a usar tanques de acero; hasta cuánto tiempo va a hacer eso; el corte que hacés, qué combinación de cepas, si hacés un monovarietal, cuánto tiempo decidís dejarlo en botella antes de sacarlo al mercado porque en la botella también el vino trabaja, evoluciona, pierde un poco el nervio de cuando está recién salido y se pone mejor. Todas esas decisiones son trazos que estás haciendo en ese lienzo para que después cuando ese vino se descorche y se lleve a la copa pase eso: emocione.
–Te sumergiste en el viaje del vino, pero nunca dejaste la música. ¿No tuviste ningún momento en el que hayas pensado dejar la música?
–Yo podría dejar si quisiera la profesión y decir basta. Porque me cansé de viajar o me cansé de qué sé yo, de amplificar los instrumentos. Lo que fuera que me cansara. Pero no voy a dejar de tener instrumentos en mi casa. No voy a dejar de componer. No voy a dejar de tocar para mí. Porque…
–Sos vos.
–Exacto, es un modo de mi ser en el mundo. Yo eso no lo puedo, ni lo quiero, ni lo debo dejar.
–Estás un poco allá, un poco acá, pero tratás de pasar el mayor tiempo en Mar de las Pampas.
–Sí, porque es un lugar que me reconecta, me calma, me inspira.
–¿Cómo llegás a Mar de las Pampas?
–Llegué en 2007 buscando un lugar de descanso y me encontré con algo mucho mayor. Para empezar, llegué a unas cabañas que ya no existen con ese nombre, que eran las cabañas Despertar, que tenían adentro un dojo de meditación zen. Donde medité muchas veces. Ya al llegar sentí el perfume del aire y sentí que pasaba algo particular. Un lugar que tenía una magia muy especial, un encanto único y el silencio, el canto de los pájaros, la luz que es ya un poquito patagónica. Esa noche le pregunté a la gente de las cabañas dónde podía comer y me dijeron que en Amorinda. Ahí encontré además a una familia, acá. Nos hicimos más que amigos, somos como hermanos. Estaba Annita, Antonio [el matrimonio fundador de Amorinda] y sus hijas Paula y Dani Pittella.
–Comida, vino, alegría tana, familia, qué mejor.
–Por mis ancestros maternos también soy calabrés, así que sentí que llegaba a casa. Ya pasaron casi 20 años, parece ayer y no. A partir de entonces escribí y compuse la mayor parte de mi obra acá. Estaban todas las condiciones dadas, eso me inspiró un montón. El silencio alguien lo puede vivir como un desafío ominoso, como una amenaza, o lo puede vivir como una hoja en blanco que es una apertura a que pueda pasar lo creativo. Yo lo sentí como eso, como un lienzo en blanco. En 2011, el disco Ahora lo compuse todo acá, hice un ejercicio, una especie de desafío a mí mismo de componer una canción por día. Y fue una experiencia hermosa. Ahí sí fue como a ver qué tal se siente estar acá todo el tiempo. Y en invierno que es un lugar muy particular porque es muy reconcentrado, estás en un bosque, hay poca luz solar, pocas horas de luz al día y hay mucho silencio y mucho espacio. Sin embargo pasa de todo, porque es como si el entorno meditara por vos. Alrededor tuyo hay una gran meditación que es el bosque, permanente, inspirando. Eso te lleva y te invita todo el tiempo a conectar y a mirar adentro. Además, el afuera es de una belleza sobrecogedora, entonces eso se empieza a espejar hacia adentro, en búsqueda de la belleza. En un mes escribí ese disco completo.
–¿Extrañás a veces la ciudad?
–No, me pasa de extrañar el bosque estando en la ciudad. Pero no quiero ser ingrato con Buenos Aires, es una ciudad que amo, es una ciudad hermosa, alucinante y es una de las grandes ciudades del mundo. Y lo dice todo el mundo que la visita por primera vez, se queda con la boca abierta. Pero también aprendí que se puede amar la distancia y que se puede volver todo lo que quieras y que todas las cosas tienen su etapa, su lugar, su dosis. Yo soy alguien que, si bien soy introvertido, introspectivo, miro mucho para adentro, conecto mucho con mi mundo interior, también soy un tipo inquieto y soy ávido de cosas. Como ávido, una ciudad como Buenos Aires es una gran oportunidad.
–En esa avidez que se percibe al ver tu carrera, ¿tenés proyectos pendientes?
–Tengo siempre en el horizonte dos o tres cositas que me dan ganas de hacer. Hace tiempo que quiero hacer un disco en italiano, idioma que adoro. Y hay una música italiana increíble. Lo difícil va a ser decidirme, tengo más de 100 canciones que me interesan.
–Estábamos hablando antes de la escritura. Contabas que primero empezaste escribiendo, ¿después tuviste momentos de no escritura o siempre escribiste?
–En un momento me angustié mucho, de chiquito, porque tenía una carpetita con todos mis poemitas y la perdí. Me enojé con que pasara eso y estuve unos años sin escribir. Después se me pasó y las ganas de escribir volvieron solas.
–¿Siempre poesía?
–Hace un tiempo hice taller literario con Sylvia Iparraguirre. Ella es lo más, es alguien que maneja el idioma con una elegancia y un conocimiento profundo y un amor. Es una erudita cargada de amor.
–¿Sylvia fue también un hito?
–El taller de Sylvia, sí. Ahora cuando leo cosas pre-Silvia, me doy cuenta de que son pre-Silvia. Hay un antes y un después. Muy difícil de explicar, pero hay un nuevo modo de expresarme en literatura. Eso impactó en mi trabajo como poeta. Y como letrista compositor, que es como una habitación de la casa del poeta. Porque tiene sus desafíos y sus reglas, sus modos de implementación. Va con una música y como tal, tenés muchas variables. Por ejemplo, el sonido de las sílabas en determinadas notas, no es lo mismo cantar una nota con una I, una O, una U, una A. Las acentuaciones están un poco llevadas de la mano por el tiempo musical y por las melodías. Es una poesía que está dialogando con otra disciplina que es la melodía, la ciencia de la melodía, como se le llama al contrapunto. Es fascinante porque es como un nuevo brete en el que te metés, te restringe de alguna manera. Escribir letras de canciones es un ajedrez, tenés que acomodar las piezas. La prosa es más libre. En teoría, porque tiene música también. Yo creo que los grandes escritores escriben con una música y se leen como con la belleza de la poesía. Tienen un lenguaje que parece coloquial, pero adentro hay una música. Hay una periodicidad de ritmos. Hay un uso deliberado de los quiebres. Hay música. Hay música constantemente.
–Podríamos extendernos y pensar dónde no hay música.
–Absolutamente en todo. El otro día veía un documental, What music is, de unos directores de orquesta que están escribiendo un libro sobre la música como el trasfondo de la existencia. El universo como una maquinaria musical, como un engranaje musical. No es una novedad el concepto porque desde la física cuántica se sabe que todo es vibración, todo en el fondo es energía y la energía en el fondo es vibración. Todo es una música porque todo vibra. No hay nada que esté quieto. Incluso nosotros mismos. Cada célula de nuestro cuerpo. Cada átomo adentro es una danza con su tiempo. Esa danza es vibración. Hasta hubo una teoría en el momento que ahora está en discusión que es la teoría de cuerdas. En el mundo subatómico todo está hecho de cuerdas que vibran. Si bien está en discusión es bella como teoría. Por lo menos metafóricamente describe algo que estos autores de este libro que todavía está en preparación hablan de las armonías en las proporciones, de las órbitas de los planetas alrededor de sus estrellas, de los satélites alrededor de los planetas, de todos los objetos celestes y cómo comparten con la música las proporciones matemáticas de la división de la cuerda, la división pitagórica de la cuerda, que es lo que da el origen al orden de los armónicos, a las escalas musicales. Es la ciencia matemática y geométrica aplicada a la vibración y que eso es el fundamento de todo lo que hay. Entonces claro, hay música en todo pero hasta el fondo de todo, la creación es música.
–Hasta el fondo de todo… ¿Dónde estará ese punto cero?
–No creo que pueda no vibrar ese punto cero, debería estar en vibración, ser parte de la música. Podríamos decir que Dios es una música si se quiere, si lo queremos llevar a un plano teológico.
–En tu último disco, que salió a la luz hace poquito, La hora de la infamia, hay un tema que se llama Libertad que fue el corte de presentación. Esa palabra es tiene un contenido muy fuerte, ¿qué quiere decir para vos hoy libertad?
–Se la han apropiado de la palabra quienes atentan contra ella. La libertad tiene que ver con un estado del espíritu de las personas y con el respeto a toda la diversidad de lo humano y del mundo natural. Sin el respeto por los demás, por la comunidad, por todo lo que vive y respira alrededor nuestro y lo que no respira también, no hay libertad posible. Los humanos nos hemos arrogado el derecho de modificar el mundo a nuestro antojo, explotarlo como queremos, pisotearlo, y destruirlo por ignorancia, por absoluto desconocimiento y por falta de amor. Hay una frase hermosa de San Agustín que es “ama y haz lo que quieras”, sin amor la libertad puede ser un peligro muy grande para que no sea una herramienta para imponer la opinión de algunos sobre otros y de sojuzgar a otros. El amor tiene que primar. Estamos en una crisis humanitaria mundial, se está yendo hacia un individualismo violento y autoritario que pone el ego por delante de todas las demás cosas. No somos una entidad, estamos en diálogo constantemente con todo y somos parte de todo lo que hay; estamos hecho de polvo de estrellas. Todo lo que nos compone son partículas del universo, no somos otra cosa que el universo, ¿cómo no vamos a amar al universo? ¿Cómo podemos atropellarlo? Eso no es libertad. Y me preocupa porque estamos a punto de causar una destrucción masiva, estamos a punto de hacer este planeta inhabitable. No solo para nosotros sino para todas las especies. Es un crimen de proporciones planetaria. Estamos destruyendo 150 especies por día, hoy.
–¿Es reversible?
–No tener esperanzas es garantizar el desastre. La esperanza la tengo como política. Si bajamos los brazos aseguramos la catástrofe.

