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El nuevo enfoque que rompe con los mandatos de juventud

Por EDUARDO SCHWEIZER
Última actualización: 30 de noviembre de 2025
15 Lectura mínima
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El nuevo enfoque que rompe con los mandatos de juventud


>LA NACION>Salud
  • 30 de noviembre de 2025
  • 09:33
  • 12 minutos de lectura‘

El sueco Ingmar Bergman usó sus 89 años para hacer más de 60 películas y 170 producciones teatrales. Solía decir que envejecer es como escalar una montaña: “Mientras se sube las fuerzas disminuyen, pero la mirada es más libre, la vista más amplia y serena”. Algo de esa esencia parece haber capturado The New York Times, que hace unos meses volvió viral la idea de que el término anti-age está quedando obsoleto: la industria del bienestar y la belleza empieza a hablar de pro-age o better living. En coincidencia con esta mirada, la Clínica Mayo y la Universidad de Harvard publicaron nuevos estudios sobre longevidad saludable que coinciden en lo mismo: la clave no está en “parecer joven” sino en sentirse funcional, vital y conectado en cada década de la vida.

El cambio de paradigma no es menor. Según la psicología contemporánea, la vejez deja de verse como una etapa de declive para convertirse en un territorio de crecimiento. “Antes, el envejecimiento se entendía solo como un proceso biológico asociado a la decadencia. Hoy sabemos que es un fenómeno integral, donde lo psicológico y lo social juegan un papel central”, indica Javier Garrido, psicólogo de la Fundación Aiglé especializado en vejez. Este viraje se apoya en evidencia empírica sólida: la Universidad de Stanford, bajo la dirección de la psicóloga Laura Carstensen, demuestra que las personas mayores priorizan vínculos significativos y actividades con sentido, lo que reduce el estrés y aumenta el bienestar. “El envejecimiento positivo no niega las pérdidas, pero las integra en un marco de continuidad y propósito”, completa Garrido.

La clave no está en “parecer joven” sino en sentirse funcional, vital y conectado en cada década de la vidashapecharge – E+

La ciencia acompaña este movimiento cultural. Investigaciones de la Universidad de Colorado muestran que la satisfacción vital se mantiene estable, e incluso crece, después de los 60 años, cuando se cultivan redes afectivas y una vida con propósito.

En Japón, el Instituto de Gerontología de la Universidad de Tokio observa que quienes participan en programas comunitarios de envejecimiento activo reducen en un 30% los síntomas de depresión y ansiedad.

En Buenos Aires, la Facultad de Psicología de la UBA impulsa talleres similares, con resultados comparables. El bienestar, parece, tiene menos que ver con el tiempo cronológico que con el sentido que se le da a cada día.

Silvia Álava Sordo, psicóloga española, aporta una mirada complementaria: “El discurso del anti-aging nos vende la ilusión de frenar lo inevitable. Pero aceptar el paso del tiempo no es resignarse, es un acto de lucidez y autonomía. Cuando lo hacemos, se incrementa el bienestar emocional”. La aceptación, explica, libera del peso de la comparación constante. “No se trata de dejar de cuidarse, sino de hacerlo desde la conciencia, no desde el miedo. Aceptar no es rendirse, es reconocerse”, añade.

Ese reconocimiento no implica pasividad: los estudios de la Universidad de Harvard sobre longevidad activa remarcan que el movimiento físico moderado, el aprendizaje continuo y las relaciones significativas son factores más determinantes que los genes.

“El envejecimiento saludable se parece más a una práctica cotidiana que a una fórmula genética”, señala el gerontólogo David Sinclair, del Centro de Biología del Envejecimiento de Harvard.

Pero más allá de los laboratorios, el cambio se está dando en la narrativa cultural. Cada vez más, el bienestar se asocia a la capacidad de habitar el presente con plenitud, y no a desafiar el calendario.

“La gente quiere sentirse viva, no eterna”, sintetiza Garrido. De ahí que la conversación actual no gire en torno de prolongar la juventud, sino a ampliar la vida interior: experiencias más ricas, vínculos más auténticos, cuerpos más escuchados.

En este nuevo contrato entre cuerpo, tiempo y deseo, el envejecimiento deja de ser un enemigo y se convierte en un territorio creativo. El cuerpo ya no es solo una máquina que se desgasta, sino una biografía que se escribe con cada marca, con cada pausa. Y tal vez, como decía Bergman, la cima no esté en resistir el paso del tiempo, sino en aprender a mirar con más amplitud y serenidad el paisaje de lo vivido.

Si durante décadas el cuerpo fue un territorio de corrección, algo que había que mantener joven, terso, sin arrugas visibles, hoy empieza a leerse como un espacio de experiencia y de agencia. “El cuerpo en la vejez ya no se entiende únicamente como un motor de productividad, sino también como un portador de experiencias, limitaciones, cuidado y expresión de identidad”, indica Garrido. Esta redefinición inaugura lo que muchos llaman un nuevo contrato entre cuerpo, tiempo y deseo: el envejecimiento deja de ser una batalla y se transforma en una conversación más consciente con el paso de los años.

Las ciencias del bienestar acompañan este giro con datos concretos.

Un estudio de la Universidad de Yale muestra que quienes mantienen una visión positiva del envejecimiento viven, en promedio, 7,5 años más que quienes lo perciben de manera negativa.

“La percepción del tiempo que pasa incide directamente en la salud y en la longevidad –explica Becca Levy, autora de la investigación–. Los pensamientos y las emociones son tan determinantes como la genética o la dieta”.

En esta línea, Garrido aporta: “El tiempo en la vejez deja de verse como decrecimiento y se revaloriza a través de la calidad de la experiencia. Hay sabiduría práctica, hay transmisión intergeneracional y hay deseo que ya no se define por la intensidad física ni por la performance, sino por la cercanía emocional y la creatividad compartida. El deseo maduro no desaparece, se transforma: busca calidad en las conexiones, afecto, ternura, amistad profunda”.

El bienestar tiene menos que ver con el tiempo cronológico que con el sentido que se le da a cada díaShutterstock

Coincide Álava Sordo en que aceptar el paso del tiempo también resignifica el deseo: “Cuando nos reconciliamos con los cambios y dejamos de mirar solo la superficie, descubrimos una dimensión mucho más profunda del vínculo con los otros y con nosotros mismos. El deseo puede volverse más libre, menos dependiente de la mirada ajena”. Esta perspectiva conecta con la idea del bienestar integral: un equilibrio entre lo físico, lo emocional y lo simbólico.

La ciencia lo respalda. Según una investigación de la Universidad de California, la actividad sexual y afectiva en adultos mayores que se sienten emocionalmente valorados mejora su función inmunológica y reduce los marcadores de inflamación.

“El bienestar corporal no puede separarse del bienestar emocional”, afirma el gerontólogo William Chopik, quien dirigió el estudio. Esa integración parece ser la gran deuda del bienestar contemporáneo, que todavía tiende a fragmentar cuerpo, mente y espíritu en prácticas de consumo.

La industria, por su parte, intenta adaptarse a este cambio, aunque no siempre sin contradicciones. “El mercado del bienestar toma con rapidez los avances de la gerontología, pero los traduce en fórmulas milagrosas o promesas de eterna juventud”, señala Garrido.

El fenómeno es visible en el auge de suplementos, biohacks y terapias de reemplazo hormonal que prometen detener el tiempo. Harvard Medical School advierte que el 65% de los productos vendidos como anti-aging carecen de evidencia científica sólida.

“El problema –completa Garrido– se presenta cuando el autocuidado se convierte en una forma de presión. El mandato de ser siempre activo, siempre productivo, puede volverse otra forma de control”.

Álava lo resume con claridad: “La aceptación del paso del tiempo no es rendición, es autonomía lúcida. Aceptar es reconocer lo real y, desde ahí, elegir cómo queremos vivir”. La diferencia entre aceptar y resignarse, explica, es radical: “La primera integra y empodera; la segunda inmoviliza”. En ese sentido, aceptar los límites del cuerpo no significa dejar de cuidarlo, sino hacerlo mejor.

La Organización Mundial de la Salud respalda esta mirada. En su último informe sobre envejecimiento saludable define el bienestar como “la capacidad de mantener un sentido de propósito, autonomía y pertenencia social a lo largo de la vida”. Envejecer, entonces, no es perder vitalidad: es aprender nuevas formas de sostenerla.

Tal vez por eso, la nueva cultura pro-age ya no habla de “ocultar” el paso del tiempo, sino de celebrarlo.

El desafío es que la industria no capture esa narrativa para volverla mercancía. “Si logramos que el bienestar deje de ser un mandato y vuelva a ser un lenguaje de libertad, habremos ganado algo más que años: habremos ganado presencia”, aporta Garrido. El cuerpo, el tiempo y el deseo se reencuentran así en un equilibrio más humano: un pacto silencioso que no busca vencer al reloj, sino reconciliarse con él.

La nueva ciencia de la longevidad busca ampliar la experiencia de estar vivos. Según la Universidad de Harvard, más del 70% de los factores que determinan cuánto y cómo vivimos dependen de hábitos y contextos, no de la biología.

“La clave está en la integración: cuerpo, mente y vínculo social funcionan como una red interdependiente”, indica Sinclair. Cuando esa red se sostiene con sentido, el envejecimiento se vuelve una práctica vital más que una cuenta regresiva.

En este marco, el bienestar se mide en plenitud. “El bienestar en psicología se entiende como un estado de coherencia entre lo que pensamos, sentimos y hacemos”, explica Sinclair. “En la vejez –añade Garrido– ese equilibrio se pone a prueba, pero también se enriquece”.

El bienestar en psicología se entiende como un estado de coherencia entre lo que pensamos, sentimos y hacemosAnna Bizon

Erik Erikson, uno de los padres de la psicología del desarrollo, describe este estadio como el momento de “integridad frente a desesperación”: una etapa en la que la persona revisa su biografía, encuentra sentido en lo vivido y transforma la memoria en legado.

Los estudios confirman esta dimensión simbólica. La Universidad de Oslo, en una investigación sobre bienestar en mayores de 65 años, observa que quienes se sienten parte activa de una comunidad, aunque sea pequeña, reportan niveles de satisfacción y propósito superiores al promedio de los jóvenes. El sentido de pertenencia, el reconocimiento y el afecto se consolidan como los verdaderos indicadores de salud emocional.

“En la clínica –suma Garrido– vemos que las trayectorias de vida acumulan saberes prácticos y prudencia emocional que las generaciones más jóvenes pueden aprovechar”. La lentitud, la pausa y la experiencia aparecen como una forma de inteligencia del tiempo. La sabiduría no es la ausencia de error, sino la conciencia de sus ciclos.

“Aceptar los años permite soltar lo accesorio y redescubrir lo esencial –añade Álava Sordo–. Muchas personas mayores encuentran en esta etapa una libertad emocional inédita: pueden reinventarse, explorar nuevos vínculos o dedicar tiempo a lo creativo. Envejecer, bien entendido, puede ser un renacimiento”.

De hecho, la creatividad aparece como uno de los ejes más fértiles de esta nueva narrativa. La Universidad de Toronto demostró que los adultos mayores que participan en talleres artísticos, literarios o musicales presentan una mejora significativa en su bienestar cognitivo y emocional. “La creatividad en la vejez es una forma de integración: transforma la experiencia en significado”, explica Garrido. No se trata de producir, sino de expresarse, de dejar huella.

En este sentido, el envejecimiento puede pensarse como un proceso de creación continua: una oportunidad para revisar el guion vital y escribir nuevos capítulos. “La identidad –dice Sinclair– no es una foto fija, es una trama que se reescribe a lo largo del tiempo”. Cambiar juventud por vitalidad, anti-age por pro-age, es también modificar la forma en que sentimos el paso del tiempo.

Simone de Beauvoir lo intuía hace décadas cuando escribió que “es deseable conservar, a una edad avanzada, pasiones lo suficientemente fuertes para que nos eviten centrarnos en nosotros mismos”. Hoy, esa frase adquiere una nueva vigencia: las pasiones que nos salvan del egoísmo son las mismas que nos mantienen vivos.

Aceptar el paso del tiempo es un gesto de sabiduría. Quizás por eso, envejecer ya no sea un verbo pasivo, sino el arte de vivir con profundidad, con gratitud y con una serena libertad frente al espejo.

Aceptar los límites del cuerpo no significa dejar de cuidarlo, sino hacerlo mejor(Foto: FreeP¡CK)



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