Fernando Eguren combina una formación académica sólida con una extensa trayectoria en algunos de los principales bancos centrales del mundo y, más recientemente, en el mercado financiero.
Estudió Economía en la Universidad Torcuato Di Tella y en 2010 se trasladó a España, donde realizó una maestría en Economía y Finanzas en el Centro de Estudios Monetarios y Financieros (Cemfi), el instituto académico del Banco Central de España. Motivado por el cruce entre la investigación académica y el diseño de políticas públicas, en 2013 ingresó al Banco de Inglaterra. Allí trabajó primero en una división intermedia entre análisis monetario y financiero, enfocada en cómo la macroeconomía se refleja en la microeconomía británica, y luego en el departamento de estudios internacionales, donde analizó el impacto de los shocks globales sobre la economía local.
En paralelo, realizó un doctorado en la Universidad de Oxford y tuvo una experiencia de cuatro meses en la Reserva Federal de Nueva York, dentro del equipo de investigación en políticas financieras.
Desde adentro del Banco de Inglaterra vivió el impacto del Brexit, participó del diseño de escenarios macroeconómicos y analizó cómo los shocks globales se transmiten a las economías locales. Hoy, desde el “otro lado del mostrador”, sigue de cerca la dinámica de los mercados emergentes y la Argentina en particular.
En 2021 decidió pasar al sector privado y se incorporó al fondo de gestión de inversiones SPX Capital, con base en Brasil, donde se desempeña en el análisis de riesgo de activos de Asia y América Latina, combinando su mirada macroeconómica con la dinámica de los mercados financieros.
En esta entrevista con LA NACION, analiza la volatilidad política global, el rol de Estados Unidos, el desempeño de los mercados y los desafíos que enfrenta el gobierno de Javier Milei.
–¿Cómo se vivió el Brexit dentro del Banco Central de Gran Bretaña?
–Fue inesperado. La mañana de la votación había caras de desesperación total, porque el resultado no coincidía con lo que marcaban las encuestas. Fue bastante shockeante y los mercados tampoco lo esperaban: ese día fue un caos. Antes del referéndum existía la idea de que las personas más liberales y con mayor nivel educativo eran más proeuropeas, mientras que los sectores con menor educación o más expuestos a la inmigración —que fue el principal eje de la campaña del Brexit— tendían a ser más antieuropeos. Pero eso cambió: vimos también a mucha gente con educación avanzada que quería salir del bloque. Dentro del banco predominaba una postura favorable a permanecer en la Unión Europea, y luego hicimos muchos trabajos para intentar medir y demostrar que la salida iba a ser económicamente negativa, más allá de los efectos culturales y políticos. En los años posteriores hubo mucho ida y vuelta sobre cómo sería la relación con la Unión Europea, y pasamos bastante tiempo analizando distintos escenarios y su impacto sobre Gran Bretaña. En ese sentido, fue parecido a la Argentina pos PASO 2019.
–A seis años de que se hizo efectivo el Brexit, ¿Gran Bretaña está mejor o peor económicamente?
–Es difícil aislar el impacto específico del Brexit. Gran Bretaña atraviesa una seguidilla de años bastante malos en términos económicos, con una productividad muy baja, que algunas personas vinculan con lo ocurrido tras la salida de la Unión Europea. Además, tiene problemas políticos y fiscales importantes. No han sido años particularmente buenos para la población.
–¿Cómo se vive desde las finanzas esta mayor volatilidad política que estamos viendo en el mundo? Hace unos días, por ejemplo, el oro, que había sido el activo que más se revalorizó, tuvo la caída diaria más brusca de la historia.
–Es cierto que hay mucha volatilidad y reacciones exacerbadas, pero también hay, en cierto sentido, una desconexión con la narrativa de tensiones geopolíticas. El año pasado, por ejemplo, pese a una altísima volatilidad geopolítica, fue muy bueno para los mercados. Después del “Día de la Liberación”, cuando Trump anunció el paquete de aranceles, hubo muchas idas y vueltas geopolíticas hasta fin de año, con epicentro en Estados Unidos, pero eso no se tradujo en la configuración clásica en la que los activos de riesgo deberían sufrir. Fue todo lo contrario: fue un año muy bueno para los activos de riesgo, incluidos los mercados emergentes. El rally del oro puede interpretarse parcialmente como una reacción a la desconfianza en las situaciones fiscales, pero fue bastante atípico y volátil en el corto plazo. La idea central es que hubo mucha volatilidad geopolítica que no se reflejó necesariamente en los mercados de riesgo, que en general tuvieron un buen desempeño, y eso fue positivo para la Argentina en particular. Estamos viendo un contexto de monedas emergentes fuertes, y eso ayudó al país.
–¿Por qué vemos este cambio en los mercados, que pese a la volatilidad geopolítica están más dispuestos al riesgo?
–Porque, pese a la tensión, el impacto macroeconómico de esa volatilidad no derivó ni en una gran desaceleración global ni en problemas inflacionarios severos en Estados Unidos que obligaran a la Reserva Federal a subir tasas. Por el contrario, las tasas siguieron bajando. Fue un año con muchas amenazas macroeconómicas, pero que no se reflejaron demasiado en los datos. Y el mercado opera con los datos. La inflación continuó descendiendo luego de los picos de 2022 y 2023, por lo que los fundamentos no empeoraron pese a la volatilidad.
–La Argentina también tuvo su dosis particular de volatilidad con las elecciones. ¿Cómo ve la situación económica hoy?
–Hay tres diferencias clave en la conexión global de la Argentina respecto de otros momentos. La primera es que se trata de un contexto de volatilidad geopolítica, pero sin castigo a los mercados emergentes, lo que en general favorece a la Argentina. Además, fue un año de depreciación del dólar a nivel global. En la Argentina el dólar se apreció porque fue el peso el que se depreció en la previa electoral, pero el contrafactual —con un dólar fortaleciéndose globalmente— hubiese sido mucho peor. En ese sentido, la Argentina tuvo algo de suerte. En cuanto a la coyuntura, el conflicto geopolítico más latente hoy, que es potencialmente Irán, puede afectar el precio del petróleo, que subió en el último mes y luego se estabilizó. En el pasado eso hubiera sido negativo para la Argentina; hoy, en cambio, estamos más del lado de beneficiarnos por mayores exportaciones que de preocuparnos por el impacto inflacionario. El país está un poco más aislado de ese tipo de riesgos. El tercer punto es que el origen de esta volatilidad es la política de Estados Unidos, pero en el caso argentino ocurrió algo distinto: quedó muy claro el fuerte apoyo de Estados Unidos. Tener esa red de contención es clave para cualquier país. Eso aísla parcialmente a la Argentina de la volatilidad de precios de activos y monedas que podría existir sin ese respaldo. Parte es suerte —por el debilitamiento global del dólar— y parte es mérito del Gobierno, que apostó a esa cercanía con Trump incluso antes de que ganara, cuando no era una apuesta segura.
–¿Cómo ve los dos años de mandato que le quedan a Javier Milei?
–El Gobierno tiene dos características centrales. La primera es que son buenos en lo que hacen, lo cual me parece indudable. Es una condición necesaria, aunque no suficiente, y algo que no tuvimos muchas veces en el pasado. La segunda es el pragmatismo, tanto político como económico, que han mostrado en estos dos años. Para el diseño de políticas, eso es innegociable. Han sido pragmáticos al corregir cosas que no funcionaban. El diagnóstico inicial fue correcto: el problema tenía origen fiscal y había que atacar eso primero. La ejecución fue mejor de lo que esperaba el mercado, porque nadie imaginaba que se pudiera ajustar cinco puntos del déficit en tan poco tiempo. Por eso los activos argentinos se revalorizaron y creo que todavía tienen margen para seguir haciéndolo. También mostraron templanza cuando fueron muy criticados por la política cambiaria: entendieron que los tiempos de la política no siempre coinciden con los del mercado y que no siempre hay que hacer exactamente lo que el mercado pide. En un año electoral, soltar más el tipo de cambio no era lo correcto. Se puede discutir si hubiese sido una política exitosa sin el apoyo de Estados Unidos, pero ese apoyo es mérito del Gobierno, no es algo exógeno que cayó del cielo. Luego entendieron que las bandas cambiarias, como estaban diseñadas inicialmente, no eran adecuadas para acumular reservas y se adaptaron. No comparto el foco excesivo del mercado en la acumulación de reservas sin medir el costo de un tipo de cambio mucho más depreciado, pero el Gobierno es pragmático y entiende que necesita reducir el riesgo país para volver a los mercados internacionales y refinanciar la deuda.
–El ministro Luis Caputo dijo que el riesgo país no refleja los fundamentals de la economía. ¿Por qué el mercado todavía le pide más al Gobierno?
–Coincido con él: la cotización de los bonos argentinos debería ser más alta. Por otro lado, el mercado tiene razón en que las reservas funcionan como un seguro para afrontar pagos en dólares. El precio de los bonos es el que es, y hay que jugar con esas reglas. El objetivo del Gobierno debe ser volver a los mercados internacionales, porque en julio hay que pagar US$4500 millones. No hay ningún país que pague capital sin hacer rollover, es insostenible.
–¿Por qué Caputo dice que quiere bajar la dependencia de Wall Street? ¿Cuál es el objetivo?
–Intento interpretar la racionalidad detrás de eso. Hay un argumento positivo y uno negativo. El positivo es desarrollar el mercado de capitales local y no depender de la emisión externa. La Argentina tiene una gran acumulación de ahorro en dólares y podría haber mercado, pero esa no es la realidad actual del país. Ojalá lo sea en el futuro. Hay un camino gradual hasta poder llegar a una situación como la de Brasil, que emite gran parte de su deuda en moneda local. En el corto plazo, el objetivo debe ser poder emitir afuera a un costo más competitivo. Cerrar esa puerta me parece demasiado optimista: es una fuente de financiamiento que se va a necesitar. No se puede pagar la deuda solo con privatizaciones o superávit fiscal; eso tiene límites.
–¿Al mercado le generó ruido lo que pasó esta semana con el Indec?
–Desde el punto de vista institucional me parece negativo. Entiendo que el Gobierno todavía opera en un modo de emergencia económica, pero en algún momento hay que pasar a una fase más normal. Dicho esto, no creo que el mercado lo tome como un game changer. Todo esto funciona porque los inversores confían en que el Gobierno quiere hacer las cosas bien y bajar la inflación. Por lo tanto, demorar la actualización de las canastas no implica necesariamente esconder datos. El desafío hacia adelante es institucionalizar los cambios positivos, para que perduren más allá de este gobierno. El objetivo de las instituciones, en cualquier lugar, es garantizar permanencia en el tiempo, generar un contexto en el cual, si vuelve una oposición menos racional económicamente, se mantengan unos mínimos senderos de discrecionalidad que limiten el potencial daño. Para ir hacia ese mundo más normal, no podemos depender tanto de los políticos de turno. Eso implica reglas fiscales, mayor independencia del Banco Central y límites claros para futuros gobiernos, sean del signo que sean.
–¿Cómo ve este 2026 para el Gobierno?
–En materia cambiaria y de reservas están haciendo las cosas bien. Donde veo más dificultades es en el manejo de tasas y del control de agregados monetarios: hay mucha volatilidad. Este va a ser el primer año en el que el trade-off entre bajar la inflación y el costo sobre la actividad se va a volver más evidente. El crecimiento en forma de V que se esperaba se frenó. El 2026 va a ser un año de decisiones monetarias más finas, y manejar ese escenario con tasas tan volátiles es complejo.

