Una historia que se repite más de lo que creemos: palabras que acercan, decisiones que alejan y una ambigüedad emocional que termina confundiendo y desgastando. Una reflexión sobre esos vínculos que no se nombran, pero dejan huella.
A veces no hay gritos, ni insultos, ni escenas evidentes.
A veces, la incomodidad llega en silencio, disfrazada de palabras dulces que no logran sostenerse en los hechos.Hay vínculos que comienzan con intensidad, con conexión, con una sensación de coincidencia casi perfecta. Todo parece fluir, todo encaja… hasta que, sin previo aviso, algo cambia. No de golpe, pero sí lo suficiente como para empezar a generar dudas.
Y ahí aparece la contradicción.
Porque mientras una parte dice “te extraño”, la otra marca distancia.
Mientras se genera cercanía, también se instala la idea de que “no hay nada”.
Mientras se comparte, se construye y se conecta, también se deja en claro que no hay intención de avanzar.Esa ambigüedad no siempre se reconoce como daño, pero lo es.
No porque haya una intención explícita de lastimar, sino porque sostener a alguien emocionalmente cerca sin asumir responsabilidad sobre ese vínculo termina desgastando.
Es en ese espacio donde muchas mujeres empiezan a dudar de sí mismas.
Se preguntan si están interpretando mal, si están esperando demasiado, si deberían “entender” la situación. Y en ese intento de comprender al otro, muchas veces se desdibujan a sí mismas.
También aparecen señales que, con el tiempo, se vuelven claras:
• palabras que no coinciden con las acciones
• cercanía intermitente
• comentarios que incomodan o desvalorizan
• necesidad constante de generar reacción en el otro
• dificultad para definir un lugar claro dentro del vínculo
Nada de eso suele aparecer como algo grave en el momento.
Pero acumulado, genera cansancio, confusión y una sensación difícil de explicar: la de estar en un lugar que no termina de ser.
Y sin embargo, hay un punto de inflexión.
Llega un momento en que ya no importa tanto lo que el otro diga, sino lo que uno siente al estar ahí. Cuando la incomodidad supera a la ilusión, cuando la claridad reemplaza a la expectativa, cuando el cuerpo mismo empieza a pedir distancia.
Ahí aparece la decisión.
No desde el enojo, ni desde el impulso, sino desde un lugar más profundo: el de reconocer que no todo vínculo que empieza bien merece sostenerse.
Porque el afecto no debería confundirse con incertidumbre.La conexión no debería doler.
Y el interés genuino no se expresa en contradicciones permanentes.
A veces, cerrar una historia no implica dejar de sentir, sino empezar a elegir distinto.
Y tal vez de eso se trate:
de aprender a reconocer, a tiempo, aquello que no queremos volver a aceptar.
Porque hay algo que no debería negociarse nunca:
la tranquilidad de estar en un lugar claro, recíproco y respetuoso.
Dra NIEVES CUENCA PRESIDENTA DE COETI – FUNDACION MARIPOSA NIEVES

