WASHINGTON.- Parado delante de decenas de congresistas en un retiro político republicano, aún con el impacto fresco de la caja de Pandora que abrió con el histórico operativo militar para capturar a Nicolás Maduro, Donald Trump se hizo un hueco en su turbulenta primera semana del año para enfocar a su tropa, consciente de los riesgos que implicará para su principal desafío interno de este año cómo decante la intervención de Estados Unidos en Venezuela.
“Tenemos que ganar las elecciones de mitad de mandato, porque, si no las ganamos, simplemente… encontrarán una excusa para someterme a un juicio político”, les advirtió el presidente norteamericano respecto al 3 de noviembre, fecha decisiva para el segundo tramo de su mandato, cuando los republicanos pondrán en juego en las urnas el control del Capitolio.
Tras meses de una intensa presión sobre el régimen chavista, la audaz decisión de Trump que sorprendió al mundo y dividió a los norteamericanos introdujo un elemento de imprevisible efecto para las aspiraciones del mandatario de cara a las elecciones legislativas, en momentos en que busca reconquistar a un sector del electorado desencantado con su gestión en cuestiones domésticas (55% de los estadounidenses lo desaprueban, según las encuestas).
“La prioridad de la administración Trump es la preparación para las elecciones de mitad de mandato, porque saben que sus índices de aprobación están bajo presión debido al desempeño económico, y también por las políticas migratorias, sanitarias y otros problemas sociales internos que están inclinando la balanza a favor de los demócratas. Por lo tanto, el caso de Venezuela será una prueba de fuego para el gobierno”, señaló a LA NACION Imdat Oner, especialista en relaciones internacionales de la Universidad Internacional de Florida (FIU, por sus siglas en inglés).
Mientas la Casa Blanca avanza en su tutela sobre las autoridades interinas de Venezuela -con el petróleo como eje central del renovado vínculo con el chavismo post Maduro-, las constantes apariciones de Trump esta semana para justificar la intervención y explicar cómo beneficiaría a Estados Unidos empezó a generar inquietud en algunos de sus principales asesores y en los propios legisladores republicanos, insistentes en no desviar el foco de los problemas que más preocupan a los votantes, como la asequibilidad.
Una encuesta de Reuters/Ipsos reveló que solo uno de cada tres estadounidenses aprueba el operativo militar que sacó del poder a Maduro para llevarlo a una prisión en Nueva York, mientras que el 72% teme que Estados Unidos se involucre demasiado en Venezuela. En ese sentido, el propio Trump admitió que podría controlar el país sudamericano por “mucho más” que un año, con lo que indefectiblemente el tema se meterá de lleno en la campaña electoral de los próximos meses.
“Estas intervenciones bélicas en la región no son populares, ni dentro del mundo MAGA [Make America Great Again, movimiento de Trump], ni en general. Las encuestas lo muestran claramente», sostuvo Benjamin Gedan, experto de la Universidad Johns Hopkins y exdirector para América del Sur del Consejo de Seguridad Nacional.
En la marea de encuestas de los últimos días, más allá de que una mayoría de republicanos (65%) respaldó la decisión de Trump, la cifra que dejó más preocupados a sus asesores es sobre los votantes independientes, un grupo electoral crucial para el resultado de los comicios de mitad de mandato: solo el 23% declaró apoyar la intervención en Venezuela.
“La invasión relámpago fue exitosa en términos tácticos, pero el relato de Trump —que Estados Unidos había sacado al presidente para quitarle su petróleo y administrar un país fallido— le regaló a la oposición demócrata fuertes argumentos políticos“, señaló Gedan a LA NACION.
“Todo se ve muy improvisado, excepto la operación militar, a pesar de la gravedad de esta intromisión”, añadió, en referencia a las tres fases para Venezuela -estabilización, recuperación económica y social, y transición política- descriptas sin demasiado detalle por el secretario de Estado, Marco Rubio.
Incluso antes de que Estados Unidos concretara la “Operación Determinación Absoluta” el 3 de enero, algunos de los aliados de Trump ya temían que el presidente estuviera prestando demasiada atención a la política exterior, alejado del mantra “Estados Unidos Primero”, un riesgo político significativo para el presidente en momentos en que ya enfrenta disensos dentro de su base de apoyo.
“Pase lo que pase en el extranjero, ya sea en nuestro hemisferio o en otros, no debemos perder de vista a los estadounidenses, que tienen muchas necesidades en este momento”, recordó el senador republicano Josh Hawley (Missouri), en referencia al aumento del costo de vida. “Los trabajadores de este país están en una situación muy difícil. Ignorar esto sería un grave error”, machacó.
Rápidos de reflejos, los demócratas aprovecharon de inmediato para argumentar que la intervención en Venezuela representó un abandono de la promesa del gobierno de centrarse en mejorar la vida de los estadounidenses y que fue una muestra palpable de las ambiciones “imperialistas” de Trump.
“Lo que los estadounidenses quieren es un presidente que se preocupe por ellos… y creo que esto demuestra que a Trump le preocupa más lo que está sucediendo en Venezuela y en la Argentina que lo que ocurre en Pensilvania y Ohio”, fustigó el congresista demócrata Ro Khanna (California), al recordar la ayuda financiera de la Casa Blanca a la administración de Javier Milei el año pasado.
El presidente ha buscado promocionar la operación en Venezuela y la coordinación con el régimen ahora liderado por Delcy Rodríguez como un impulso a los intereses de Estados Unidos en la región, con una oportunidad de oro para que las compañías petroleras norteamericanas exploten el principal recurso de Venezuela. El país tiene una quinta parte de las reservas mundiales, estimadas en 303.000 millones de barriles, en su mayor parte de crudos pesados y extrapesados.
En una reunión el viernes con pesos pesados de la industria, el presidente adelantó que las principales compañías estadounidenses invertirán “al menos 100.000 millones de dólares” para reconstruir la infraestructura petrolera venezolana. Sin embargo, inversores del sector energético se han mostrado escépticos de los rimbombantes anuncios del mandatario, inquietos por la inestabilidad política en Caracas y la desconfianza en el gobierno interino.
Darren Woods, director ejecutivo de Exxon Mobil, la mayor compañía petrolera estadounidense, fue especialmente crudo en su intervención ante el presidente. “Nuestros activos han sido confiscados en Venezuela en dos ocasiones, así que se imaginarán que para regresar por tercera vez se necesitarían cambios bastante significativos -argumentó-. Hoy en día, invertir allí es inviable”.
Elliott Abrams, exenviado de Trump a Venezuela, evaluó como “un error muy grave” la estrategia del presidente, al afirmar que la estabilidad y la inversión en el sector petrolero venezolano solo pueden garantizarse mediante una transición a la democracia.
«No hay ningún plan para Venezuela. Trump está jugando con fuego”, dijo a LA NACION el politólogo Chris Edelson, experto en temas de gobierno de la American University, en Washington.
“Trump está admitiendo que intervino Venezuela por el petróleo, no para promover la democracia. Este tipo de cosas solían ser una teoría conspirativa: ‘Oh, Estados Unidos fue a Irak por petróleo’. Él lo dice en voz alta“, señaló. “El cálculo que está haciendo es: ‘Puedo hacer lo que quiera, ¿quién me va a detener?’. Y, hasta ahora, la respuesta es nadie», agregó.
El internacionalista Oner, que fue un alto diplomático turco en Caracas entre 2014 y 2016, cuando Delcy Rodriguez era canciller, estimó que los avances entre Washington y Caracas por el petróleo y la rápida confianza entre ambas administraciones, encaminadas a retomar las relaciones diplomáticas, «demuestra que no se trata de una transición de pocas semanas», y que las discusiones con los dirigentes chavistas “se prepararon durante al menos un par de meses”.
Sin embargo, remarcó que las “tensiones internas” en el régimen chavista representan el mayor desafío para la administración Trump. “Es un movimiento radical, y sus miembros son realmente intransigentes, muy antinorteamericanos. Así que sorprendería que, de repente, cambiaran de estrategia y la mentalidad en Venezuela, del socialismo al capitalismo. Esto es realmente difícil de imaginar, y que suceda en pocos meses», dijo a LA NACION.
Oner, quien en sus dos años y medio como subjefe de misión en Caracas mantuvo encuentros con Delcy Rodriguez y otros funcionarios chavistas, estimó que la intervención en Venezuela podría convertirse en un “bumerán” para Trump de cara a sus objetivos políticos internos, con las vitales elecciones de medio término en el horizonte.
“El presidente intentará vender esto a los electores como una operación de política exterior exitosa. Pero si algo saliera mal, podría ser contraproducente para los votantes, quienes se preguntarán: ‘¿Por qué intervenimos allí?’ Es decir, el gobierno critica lo que pasó en Irak, Siria y Afganistán, ¿y por qué llevó a cabo esta operación en Venezuela? Estas preguntas serán planteadas tanto por el Congreso como por los votantes, lo que representa un riesgo para Trump“, ahondó Oner.
“Como aprendió Barack Obama en Libia y George W. Bush descubrió en el Irak post Saddam Hussein, son las consecuencias, y no el evento en sí, las que causan los mayores problemas. La capacidad de la administración Trump para gestionar la política venezolana tras la caída de Maduro es, por el momento, una incógnita“, señaló el diario The Wall Street Journal.
Inquietos por el foco constante de Trump en la política externa, el vicepresidente JD Vance; la jefa de gabinete de la Casa Blanca, Susie Wiles, y su adjunto, James Blair, están presionando a Trump para que priorice los asuntos internos de cara a la campaña, señalaron a Reuters dos funcionarios del gobierno. Según dijeron, Vance ha sido la voz más persistente en las reuniones, redirigiendo las conversaciones hacia temas que afectan a la vida cotidiana de los norteamericanos.
El mensaje de Trump sobre la asequibilidad -convertido en su nuevo dolor de cabeza en la agenda interna en los últimos meses- compite mano a mano con su impulso en materia de política exterior. Y sus acciones y mensajes en lo que va de 2026 -además de Venezuela, el viernes elevó su tono amenazante sobre Groenlandia y advirtió que podría atacar a los carteles del narcotráfico en territorio mexicano- el presidente ha dejado claro que no tiene intención de dar marcha atrás.
Para Trump, una señal interna negativa llegó el jueves desde el Senado, que avanzó en una resolución sobre los poderes de guerra que limitaría la capacidad del presidente para llevar a cabo otra ofensiva en territorio venezolano sin autorización del Congreso. Aunque el propio magnate descartó una segunda ola de ataques tras el gesto del régimen de empezar a liberar presos políticos, la votación -que tuvo el respaldo de cinco republicanos– fue una señal significativa de la desaprobación a las ambiciones de la Casa Blanca.
Disgustado, Trump criticó con dureza a los legisladores de su partido que se unieron a los demócratas en la votación. “Nunca deberían ser elegidos para un cargo nuevamente”, escribió en su red Truth Social.
La falta de enfoque de Trump desvió la atención de los temas que los republicanos intentan convertir en el eje de su mensaje para las elecciones de noviembre, advirtió a The Washington Post el encuestador Brent Buchanan, presidente y fundador de la firma Cygnal. Los asesores del mandatario ya planifican que retome su gira nacional sobre la asequibilidad, que había empezado en diciembre en Pensilvania y Carolina del Norte.
Los republicanos tienen como misión central este año mantener el control tanto de la Cámara de Representantes como del Senado, un desafío mayúsculo dada la historia política adversa para los oficialismos en elecciones de mitad de mandato. Mientras las encuestas muestran señales de alarma en sus aspiraciones, los legisladores saben que la capacidad del partido para llevar a cabo más reformas de la agenda de Trump se verá frustrada si pierden el control del Congreso.
Además, la intervención en Venezuela también alarmó a muchos aliados del presidente en su órbita MAGA, incluidos muchos que crecieron en el contexto de las largas guerras en Afganistán e Irak.
Steve Bannon, exestratega de Trump, calificó el enfoque hacia Venezuela como de “alto riesgo”, pero afirmó que “la gente lo apoyará siempre y cuando no se cometan los mismos errores que los neoconservadores cometieron en Irak”.
“La buena noticia para Trump es que la forma en que está abordando la situación en Venezuela no sigue el modelo de Irak y Afganistán. No estamos estableciendo una Autoridad Provisional de la Coalición como hicimos en Irak; se trata de un tipo de resolución posterior al conflicto muy diferente“, evaluó Alexander Gray, investigador de la Iniciativa de Geoestrategia del Atlantico Council, en Washington.
“El hecho de que el presidente haya adoptado este enfoque de trabajar con elementos del régimen de Maduro como parte de una transición a largo plazo hacia la democracia hace que sea menos probable que se le exijan responsabilidades políticas por cada vaivén de la política interna venezolana, ya que estamos adoptando un enfoque menos intervencionista en el gobierno diario venezolano“, explicó a LA NACION el experto, ex jefe de gabinete del Consejo de Seguridad Nacional. ”Creo que esto es una reacción a las terribles lecciones que tuvimos que aprender en Irak y Afganistán», ahondó.

