La historia, de nuestro lado, tiene sus variantes pero es más o menos sabida. Enterado de que, en cuartos de final, la Argentina debería usar nuevamente camiseta alternativa ante Inglaterra, Carlos Salvador Bilardo decidió que, bajo ninguna circunstancia, volverían a ponerse las azules que ya habían vestido ante Uruguay, por octavos, días atrás -eran algunos gramos más pesadas que la versión celeste y blanca. Ahí apareció la figura de Rubén Moschella, empleado de la AFA y el gran héroe en ese lío, que tras recorrer innumerables tiendas de la capital mexicana, llevó algunos modelos a la concentración para que Bilardo tomase la decisión final. “Qué linda esta camiseta; con esta le vamos a ganar a Inglaterra”, dijo Diego Maradona al ver el icónico uniforme con el que se consagró mundialmente en el Estadio Azteca. Y no hubo más discusión. El resto es historia.
En Brasil, el cuento de la camiseta azul, la variante más común hoy de la clásica amarelinha, es menos popular. Pero también hay un “Moschella”, que en este caso se llamaba Paulo Machado de Carvalho, quien le da nombre al mítico estadio Pacaembú, en São Paulo. Lo cierto es que, en 1958, durante el Mundial de Suecia y horas antes de la final, los brasileños fueron informados de que la selección local, sus rivales en la definición por el título, saldrían a la cancha vestidos de amarillo, por lo que deberían buscarse otro tono de indumentaria. Allí empezó a correr el tiempo para Machado, jefe de la delegación sudamericana, quien se encomendó a un periplo tortuoso por comercios de Estocolmo, donde a duras penas conseguía hacerse entender.

