Caminatas entre tumbas célebres y leyendas urbanas, visitas nocturnas y talleres para crear lápidas: todo lo que hacen los vivos en el territorio de los muertos

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Un cementerio tiene una regla que casi nunca necesitó ser escrita: allí los vivos bajan la voz. Se espera que cada quien pueda caminar entre las tumbas, detenerse frente a un nombre, dejar flores, rezar, llorar. Incluso hacer turismo, como sucede en los cementerios donde descansan los restos de personajes ilustres. Y hay un límite tácito que protege la idea de que, una vez enterrados, los muertos quedan a salvo de las necesidades que tuvieron en vida; eso es, entonces, problema de quienes están de este lado.

Una frontera que se cruza cada tanto

En Buenos Aires acaba de suceder de una manera particularmente desconcertante. El Gobierno de la Ciudad licitó una antigua bóveda del Cementerio de la Recoleta para instalar allí un gift shop, con venta de comidas y bebidas al paso, y utilizar el espacio como apoyo para un nuevo servicio de recorridos nocturnos. La concesión será por cinco años. La decisión provocó un conflicto judicial después de que una heredera de la familia que había ocupado la bóveda afirmara que no fue notificada de la restitución del espacio y reclamó conocer qué ocurrió con los restos que permanecían allí, pues nadie le ha dado —sostuvo— información sobre sus difuntos familiares.

El Cementerio de la Recoleta, con más de 200 personalidades de la historia argentina —Eva Duarte, Raúl Alfonsín, Luis Federico Leloir, entre tantos— tiene 90 bóvedas declaradas Monumento Histórico Nacional.

La escena que propone el gift shop tiene algo de provocación involuntaria: un lugar construido para alojar a los muertos podría convertirse en el sitio donde un visitante compre un recuerdo y algo para beber antes de continuar su recorrido. En el anuncio de la licitación, nada se dijo acerca de qué tipo de recuerdos un visitante podría llevarse del cementerio. ¿Llaveros con figuras de lápidas? ¿Postales? ¿Tierra? ¿Bijouterie? ¿Libros?

Pero la verdadera pregunta que plantea la iniciativa pensada para el Cementerio de Recoleta es bastante más antigua que un gift shop: ¿qué cosas pueden hacer los vivos en el territorio de los muertos sin que la tranquilidad que se espera de un cementerio empiece a parecer vulnerada?

La respuesta no es taxativa. Siempre dependió de la época, de la cultura y, sobre todo, de qué relación haya establecido cada sociedad con sus muertos.

En México, por ejemplo, durante Día de Muertos, los cementerios se convierten en lugares de reunión, pero sobre todo de fe e ilusión. Las familias decoran las tumbas con el llamado papel picado (calado), trazan senderos con pétalos de flores de cempasúchil (para guiar a los muertos en su trayecto), velas, fotografías y los platillos preferidos de quienes ya no están.

Uno de los elementos que más se utiliza en el altar del Día de Muertos es la flor de cempasúchilFreepik

Cada año, del 31 de octubre al 2 de noviembre, las almas vuelven sedientas y con hambre, de acuerdo a la tradición de fe popular. Acuden en búsqueda de los suyos; es la oportunidad que tienen una vez al año –vivos y difuntos– de pasar tiempo como antes de quedar separados por el “otro lado”. Se trata de una de las celebraciones más importantes, sentidas y coloridas de su identidad. En sus peregrinaciones y convivios en los cementerios, pero también en altares que realizan en sus casas, reciben a los que ya no están físicamente y que regresan, de acuerdo con la fe, para estar con sus seres queridos, en la convicción de que la muerte es un cambio de estado; la desaparición es para los otros, los descreídos.

En algunos lugares también se canta y se escucha música junto a las sepulturas. La muerte, allí, no exige silencio. Por el contrario, reclama fiesta, la celebración de la vida.

Así, la conducta respetuosa frente a los muertos puede adquirir matices. Y aquello que una sociedad considera una forma de honrarlos puede parecerle profana en otra. En el estado mexicano de Campeche, de hecho, es lícito abrir las urnas y limpiar los huesos de los difuntos.

Entre el rito y la instrumentación

En La mujer que escribió Frankenstein, la escritora argentina Esther Cross reconstruye el mundo que rodeó a Mary Shelley y la relación entre la literatura, la ciencia y los cadáveres en la Londres del siglo XIX. El libro se detiene en una época en la que los cuerpos enterrados podían convertirse en materia de estudio y en la que conseguir cadáveres para las disecciones médicas dio origen a una actividad clandestina, como lo es el robo de cuerpos de las tumbas. Cross lo escribe así: “Los parientes que paseaban de la mano entre las tumbas también hacían guardia. El caminante solitario era un alumno de hospital que quería materiales”. A veces, el camposanto era un campo de batallas, entre deudos y profanadores de tumbas, que en nombre de la ciencia disputaban su trofeo.

Hoy la disección anatómica forma parte de la medicina. Entonces se la consideraba una profanación.

El monumental cementerio de Montmartre, en París, atrae turistas por sus tumbas célebres Alex_Mastro – Shutterstock

Los llamados resurrection men no entraban a los cementerios para recordar a alguien. Entraban para sacar algo. Allí aparece una de las transgresiones más antiguas, como es la de abrir una tumba no para yacer junto al muerto, sino para apropiarse de él.

El cementerio, así, asoma no sólo como el lugar donde termina la vida, sino como el espacio donde la autoridad o sociedad establece qué puede ocurrir después.

Arte, turismo y tensión desde la literatura

En 1948, Evelyn Waugh publicó The Loved One, una sátira sobre la industria funeraria de Los Ángeles. Waugh había visitado Hollywood en 1947 y encontró en Forest Lawn, sus cementerios y el trabajo de los empresarios funerarios lo que llamó una fuente de material literario.

Su novela imagina un mundo en el que incluso la muerte puede convertirse en servicio, espectáculo y mercancía. El duelo allí tiene, más que rituales, procedimientos. Los cuerpos atraviesan tratamientos para su viaje a la eternidad; los cementerios, una estética; los muertos, una categoría comercial. Waugh no necesitaba imaginar un café junto a una bóveda para encontrar la ironía. Le bastó observar lo que sucedía alrededor del cadáver.

Bóveda Giraso, en el cementerio de la Recoleta, donde el gobierno porteño quiere poner un gift shopFabián Marelli

Hay una historia todavía más amplia detrás de todo esto. Los cementerios han sido, en distintas épocas, lugares de ciencia, de arte, de turismo, de celebración y de encuentro. Algunos se convirtieron en jardines y monumentos; otros, en destinos turísticos, como Montmartre, en París; Highgate, en Londres; Staglieno, en Génova, o el mismo Recoleta.

Café en el Cementerio Arnos Vale en Bristolhttps://visitbristol.co.uk/

Arnos Vale, en Bristol, ofrece un modelo innovador el antiguo cementerio victoriano, creado en el siglo XIX y hoy reconvertido en parque patrimonial, recibe visitantes no sólo para recorrer sus tumbas y monumentos sino también para participar de actividades culturales, conciertos, caminatas y celebraciones como bodas. Dentro del predio funciona además un café, con scons saborizados, light bites, platos de almuerzo o quiches lorraine, integrado a la experiencia del lugar. La convivencia entre patrimonio funerario y usos sociales no se presenta allí como una anomalía, sino como parte de la manera en que el cementerio ha vuelto a incorporarse a la vida de la ciudad.

Visita guiada en el Cementerio Británicoredes

En Buenos aires, el cementerio Británico organiza recorridos entre tumbas de dos siglos y arte masónico, que incluyen leyendas urbanas. Este domingo, a las 18, la visita nocturna en programa está guiada por un maestro masón e incluye charla en la capilla con una copa de vino.

También este domingo, una hora después, se puede participar de la experiencia de diseñar la propia lápida en el Cementerio de Chacarita, a cargo del espacio de artistas Casa Chaca.

Visitas nocturnas en el cementerio de La Plataredes

En el cementerio de San Isidro, también se suelen organizar visitas y actividades. Una de ellas es “una intervención teatral respetuosa con la historia y el espacio”. Se anuncia para el próximo 12 de septiembre, con paseo nocturno y vino de cierre. En el Cementerio de La Plata, por su parte, se organizan recorridos privados culturales que exploran la arquitectura y su diseño inspirado en la masonería y, también, visitas nocturnas.

Tour borgeano por el cementerio de la Recoleta

Para Juan Antonio Lázara, director de Patrimonio, Radio y TV del Fondo Nacional de las Artes, la idea de un gift shop en Recoleta es “un despropósito”. Doctor en Historia y Teoría de las Artes por la Universidad de Buenos Aires, Lázara aclara a LA NACION que sus opiniones son a título personal.

“El cementerio de la Recoleta es uno de los cementerios más importantes del mundo. En apenas media docena de hectáreas conviven más de 4000 obras de arte. Si uno considera la cantidad de obras por hectárea, es realmente extraordinario. Por eso, quitarle espacio para instalar una tienda me parece un despropósito”, afirma.

Para Lázara, a cargo de visitas guiadas en el cementerio de la Chacarita, hay una segunda cuestión —dice— y es que se trata de “un espacio sagrado”. “Instalar una regalería supone una transgresión muy grande y afecta también una dimensión moral del lugar. Ciudades como Venecia y Barcelona han perdido parte de su encanto porque terminaron llenándose de regalerías de dos euros. La banalización de los centros históricos es un problema que ya conocemos”.

Juan Antonio Lázara coordina visitas guiadas en el cementerio de la Chacarita

Además, la idea de vender “souvenirs frívolos y superficiales constituyen otro despropósito desde el punto de vista patrimonial; no podemos afectar estos espacios con cartelería y elementos comerciales. Sería como ponerme a vender café en un santuario o en un parque nacional”.

Y da ideas: “En Chacarita, por ejemplo, uno va a despedir a sus difuntos y después, si quiere tomar un café, tiene que salir del cementerio e ir a una pizzería. Ahí podrían poner una cafetería, quizás”. Pero volviendo al Recoleta, lo que hace controversial la propuesta, considera el experto en patrimonio, es que “las bóvedas y las placas conmemorativas tienen un valor intrínseco, como los bronces sobre un soporte arquitectónico, que forma parte de un conjunto artístico.

“Estamos hablando de un espacio sagrado y artístico, asegura Lázara, donde la actividad comercial, en sí misma, es perfectamente lícita. El problema es que no podemos llenar de actividad comercial los lugares sagrados. No hay que comprar ni vender nada allí”, opina. Además, “cualquier empresario gastronómico sabe que una actividad de este tipo provoca un impacto: hay manejo de residuos, circulación de personas, infraestructura. Eso tampoco es una cuestión menor”.

Si se quisiera desarrollar una actividad comercial vinculada al Cementerio de la Recoleta, debería estar administrada por la Asociación de Amigos del Cementerio, pero fuera del predio, y a favor siempre del cementerio. En esa dirección, recuerda que “el cementerio de la Recoleta cobra una entrada a extranjeros, pero ese dinero primero va al Tesoro”. Según Lázara, “esos recursos no deberían salir de la muralla del cementerio sino destinarse a la restauración y conservación de sus monumentos, por ejemplo”.

Según adelantó Lázara, el próximo 16 de octubre se realizará un congreso internacional de patrimonio, donde se debatirá la controversia alrededor del cementerio de la Recoleta con asociaciones de vecinos.

Tanto el mundo de la ficción como el plano de la realidad nos plantean una pregunta común: ¿cuándo comienza la incomodidad? Quizás mucho antes de que aparezca una caja registradora dentro de un cementerio: cuando los vivos descubren que incluso la muerte puede generar una economía.






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