Cada 14 de septiembre se celebra en Argentina el Día del Cartero. La fecha recuerda a Bruno Ramírez, quien en 1771 fue designado como el primer cartero oficial de Buenos Aires. En Esquina, el oficio también tiene sus historias y protagonistas.
En el Día del Cartero, Actualidad Esquina entrevistó a Nicolás Giménez, quien trabajó durante 48 años en el Correo. Llegó a Esquina en 1972 y fue testigo del cambio de una profesión que pasó de repartir cientos de cartas por día a convivir con las nuevas formas de comunicación.
“Hace 12 años que me jubilé, parece ayer nomás”, contó Nicolás durante una entrevista con Actualidad Esquina, al recordar una vida entera vinculada al correo.
Giménez llegó a Esquina en 1972. Era oriundo de Mburucayá y ya trabajaba en el Correo cuando recibió la propuesta de trasladarse a nuestra ciudad porque había una vacante.
“Yo no quería venir porque no conocía Esquina. Me parecía muy lejos. Me dijeron: ‘Andate, sos soltero, ¿qué podés perder? En seis meses te traemos de vuelta’. Y estoy hasta ahora”, recordó entre risas.
Cuando el cartero era una figura esperada
En aquellos años, el correo tenía un papel central en la comunicación de las familias. Nicolás recuerda que llegaban diariamente alrededor de 200 cartas y expresos, que debían ser repartidos sí o sí durante la jornada.
La bicicleta era la compañera inseparable de los carteros. Aunque en su pueblo natal había repartido a caballo, en Esquina recorría las calles en bicicleta, llevando cartas, telegramas, cartas documento, facturas y todo tipo de correspondencia.
“Era una institución muy importante porque era el medio de comunicación de esa época”, explicó.
El cartero no solamente llevaba correspondencia. Muchas veces era esperado en las veredas por vecinos que aguardaban noticias de familiares, amigos o seres queridos.
“Me acuerdo que cuando llegaba alguien ya salía y me decía: ‘Cartero, cartero’”, contó.
Cartas de amor y secretos que quedaron guardados
Entre tantas historias, hay una que Nicolás recuerda especialmente. En algunos sectores de la ciudad había personas que no sabían leer y dependían de la llegada del cartero para conocer el contenido de una carta.
“Había algunas chicas que tenían su novio afuera. Sabían más o menos qué día llegaba la carta y hacían de cuenta que estaban barriendo la vereda esperando al cartero”, relató.
En una oportunidad, una joven le pidió que leyera una carta que había recibido. Nicolás se negó inicialmente, pero ella le dio autorización para abrirla porque no sabía leer.
“Me enteraba de cosas que uno ni se imagina”, recordó.
Sin embargo, aquellos secretos quedaron durante décadas guardados. “Jamás se lo conté a nadie”, aseguró.
De las cartas al correo moderno
Cuando Nicolás comenzó su carrera, Esquina contaba con siete carteros, cada uno con su sector de reparto. Con el paso de los años, la cantidad fue disminuyendo al mismo tiempo que cambiaban las formas de comunicarse.
Cuando se jubiló, alrededor de 2014, solamente quedaban dos carteros para cubrir toda la ciudad.
“La ciudad cada vez era más grande y quedaban dos carteros nada más”, señaló.
También quedaron atrás las antiguas estampillas, las almohadillas para pegar la correspondencia y los tradicionales uniformes con capa y botas de goma para enfrentar los días de lluvia.
El trabajo fue cambiando. Las cartas comenzaron a ser menos frecuentes y aparecieron nuevas formas de comunicación, mientras el correo fue incorporando cada vez más encomiendas y otros servicios.
“Siempre me gustó hablar de lo que me dio el correo”
A pesar de estar jubilado, Nicolás conserva intacto el recuerdo de aquellos años.
“Siempre me gustó hablar de lo que me dio a mí todo el correo”, dijo al finalizar la entrevista.
En este Día del Cartero, su historia sirve también para recordar una época en la que una carta podía cambiar el ánimo de una familia, acercar a dos personas que estaban lejos o llevar una noticia esperada durante días.
Una época en la que, cuando el cartero aparecía en la esquina, más de uno salía a la vereda preguntando: “¿Cartero, cartero… llegó algo para mí?”

