Un accidente siempre produce dolor, de todo tipo y a muchas personas. En la vida hay dolores que no se pueden evitar, el de los siniestros viales, en la mayoría de los casos, sí. Breve crónica desde una mirada diferente.
Por Belén Rodríguez Bertoni
Lo vi por casualidad. Es un puesto frente a la casa familiar. Hay muebles de madera y una parrilla. Venden tortas asadas de un lado y del otro, sillas, mesas y tablas para picar. Quien responde por los muebles “se fue para atrás pero ya viene”, me dice la señora a cargo de la parrilla. Cuando llega el carpintero, le pido su número para unos encargos y le consulto el precio de productos que quiero llevar. En ese momento, una moto con dos jóvenes se detiene a unos metros. El que maneja, un poco mirando a todos pero hablando a la mujer, dice, “señora, chocaron a Cristina, en la ruta”. La ruta es la columna vertebral de la ciudad, la divide, integra y estructura al mismo tiempo. “La puta madre”, responde para sí la señora con una pinza en la mano y una torta a medio voltear. “Suba que la acerco”, dice el conductor y su acompañante se baja. Ahí la señora termina de reaccionar, pero mide sus movimientos. Apoya la torta, la pinza, se desata el delantal y se va con pasos largos dejando las tortas sobre brasas.
No puedo preguntar quién es Cristina y qué rol ocupa en la vida de esa mujer y de ese hombre, que se interrumpió unos segundos pero ahora sigue y dice, “estás son de lapacho, estas de cedro”. Habla con tranquilidad pero su cara y su voz tienen una carga diferente. Está buscando el alias en su celular cuando llega otro vecino y lo interrumpe. “Carlos, ¿no te enteraste? Chocaron a Cristina en la ruta”. Él responde que ya fue la madre, que él ya va a ir y luego me dice que no está andando bien su celular. “¿Es un familiar suyo?”, me animo a preguntar para confirmar lo evidente, decirle que paso en otro momento y liberarlo así de nuestra inoportuna interacción. “Es mi hija –dice-. Usted llévese nomás las cosas y escríbame. Yo le paso el alias cuando pueda y ahí me paga.” No voy a contradecir la voluntad de ese hombre en ese momento. Cuando estamos arrancando, lo veo salir de su casa apurado, lleva una campera porque no sabe cuándo volverá. Ya no hay necesidad de pose profesional, todo en él es pena y preocupación.
Me tocó presenciar esta escena en particular, de las tantas que se repiten con demasiada frecuencia en la ciudad. Con sus variables de nombres, edades, mensajeros, calles, barrios, casas y tareas, casi todos los días, en un momento del día una persona en Esquina recibe la noticia de que un ser cercano tuvo un accidente. En ese instante le rebalsa el alma e inmediatamente sabe que arranca un nuevo desafío, que se suma a los muchos otros que viene enfrentando.
¿Cuántas más de estas escenas estamos dispuestos a aceptar como sociedad? Con su secuencia de ambulancias, médicos, traumatismos, secuelas, reclamos, gastos, miedos, trámites… Nada bueno sucede después de un siniestro. Se supera sí, pero se sufre y se gasta en el ínterin.
El gesto amigo de los vecinos que se acercaron, la confianza del señor que me dejó llevarme mercadería sin pagar… Esquina tiene tantas cosas valiosas, su gente actúa con calidez y humanidad, es amable y solidaria. Pero tiene este tema de accidentes de tránsito que aumentan, que no decrecen porque la atención y la precaución no siempre rigen la conducta los conductores. Porque vemos gente manejando mientras mira el celular, gente que no hace guiño o que no presta atención a quienes lo hacen, que no respeta semáforos o prioridades en las intersecciones. Comportamientos básicos de conducción y seguridad son desconocidos o ignorados por una gran cantidad de vehículos, de todo porte. No importa la edad, la situación social o económica o el tipo de transporte, todos somos responsables de evitar siniestros, incluso los peatones.
La ciudad se integra y articula a través de sus calles, la comunidad funciona gracias a ellas. Es prioritario que vuelvan a ser seguras, que sean vías de unión, no escenarios de tragedias. El tránsito en Esquina no tiene porqué ser caótico, no está desbordado y por lo general se maneja despacio. No tendrían por qué haber accidentes, si los hay no es por falta de reglas, estado de las articulaciones o exceso de parque automotor o ciclomotor; es sencillamente porque se maneja cada vez con más imprudencia.
Seguro que hay que tomar medidas y ya se están tomando desde la gestión municipal pero nada es suficiente si cada esquínense no toma conciencia de que el tránsito urbano tiene que funcionar como un sistema solidario, donde nos cuidamos entre todos. Al entrar motorizado a una calle, se entra en una trama de responsabilidades y precauciones, elaborada hace casi un siglo para sostener el crecimiento de las ciudades y el transporte cuidando el bienestar de todos. Las reglas de tránsito no son arbitrarias o pasajeras: son claves para el funcionamiento de una sociedad. No podemos olvidar o ignorar la normativa de cuyo cumplimiento depende que haya la menor cantidad de personas heridas y bienes destruidos en una comunidad. Cada conductor tiene que velar por su seguridad pero también y sobre todo por la de su entorno en el tránsito. Solo así pueden reducirse estas tristes escenas.
Me imagino estar en el lugar de Carlos, manteniendo la calma unos minutos más porque son tiempos difíciles y toda oportunidad económica tiene que ser aprovechada, porque la prisa no va a revertir lo ocurrido, porque así posterga unos segundos el momento de enfrentar la gravedad de la situación. Porque esto pasa todo el tiempo y es cuestión de suerte a quien le toca cada día. Nadie quiere estar en ese lugar, ni mucho menos ser la persona que sale despedida de una moto o el médico que recibe a un joven con traumatismos severos.
Evitemos ser esas personas, evitemos tener que asumir esos roles, lo único que se necesita es tomar conciencia y manejar con prudencia. La negligencia cuesta mucho. Cada accidente provoca también una herida en el tejido social porque indica que el egoísmo le ganó a lo colectivo, que fue más importante ver un mensaje que desatar una cadena de dolor.

