Mientras la Bienal de Venecia se sacudía con la renuncia en pleno de su jurado por el comeback del pabellón ruso (lo que dejó en suspenso sus premios por primera vez en cuarenta años) y varios países (España, Irlanda, Eslovenia, Países Bajos e Islandia) se retiraban del popular concurso Eurovisión (el que catapultó nada menos que a ABBA en 1975) por la participación de Israel, la segunda parte de El Diablo viste a la moda impacta en las salas con la fuerza de los antiguos blockbuster en el tiempo sin tiempo del streaming. A diferencia de Venecia o Viena (sede de Eurovisión 2026), el exangüe Hollywood no cruje por la geopolítica (acusaciones concretas de crímenes de guerra) sino ante la retirada del mismo sistema que hizo posible no solo esta película (que en 2026 parece encarnar el cine todo) sino también su tema. La historia de la revista Runway y su mítica directora es ahora la del fin de su historia. Y por eso, también la de todo lo que está en su principio.
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De la ciudad moderna de los rascacielos, la segunda parte de El Diablo viste a la moda traslada sus faustos a las angosturas de Milano pero la producción viaja también en el tiempo hasta el Quattrocento.
En un agudo análisis sobre la adaptación de Miranda (Meryl Streep) a las nuevas reglas corporativas, Andrés Hatum escribió el viernes 8 en este mismo diario: “Miranda, que antes parecía omnipotente, ahora debe negociar con otro tipo de soberanía: la del consultor que no manda, pero define qué partes sobreviven. Nada muestra mejor esa pérdida de aura que verla viajando en economy”. En la descripción de ese paso de comedia que podría pensarse como un síntoma de sana austeridad (si no fuera porque los tecno magnates sueñan con perforar la estratósfera para huir de nosotros), Hatum deja caer la palabra clave por detrás del drama de Runway: aura.
Parada frente al mural de 36 metros cuadrados, Miranda pone a su audiencia global y masiva de frente a La última Cena de Leonardo Da Vinci en una versión expandida de la Pinacoteca de los Genios. Los de su generación que no pudieron peregrinar al convento de Santa Maria delle Grazie la han visto en reproducciones (tras las sucesivas restauraciones, la fidelidad con el original es más bien baja) ya populares o tipo coffee-table book. Hoy aparece como una de las imágenes más intervenidas por los caníbales digitales (para el francés Francois Jost, autor de Dígalo con memes, es una categoría en sí) para la producción de memes en escala de smartphone, una miniatura de la prodigiosa hazaña. Su actualidad entonces es tal que conduce el final de un estreno convertido en fenómeno cultural al tiempo que podría aparecer en el escroleo previo de los celulares luciérnaga que permanecen encendidos durante la tediosa previa publicitaria.
Parada frente a la obra de Leonardo, el personaje definitivo de Meryl Streep escapa por un segundo inadvertido de su rol de fashion dictator para dar una breve lección de historia del arte. Le explica a Andy (Anne Hathaway), pero también a quienes la están viendo mientras pochoclean, que por Europa pululan cantidades de imágenes sobre La última cena, ninguna como esta. A Jesús le falta el halo, dice, porque Leonardo quiso que se viera que es tan humano como el resto. Como ella: arquetipo glamoroso del destrato.
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El regreso de la historia de Runway se guarda esta carta de la que solo el cine a gran escala es capaz. Una cena con La última cena de decorado que incluye una traición en curso. Miranda, que hizo del culto a la belleza un dogma, tiene que soportar que se le diga que en poco tiempo ni ella ni los diseñadores ni acaso las mannequins harán falta en un universo donde todo es promptografía (la creación de imágenes vía el prompteo necesario para activar la IA). No hace falta que conteste. Tiene a Leonardo y a la historia del aura de su lado. Ahí, en esa capilla donde el artista total trabajaba hacia 1497 ante la vista del público (una forma de pintura-espectáculo que nos es desconocida) a pedido de Ludovico Sforza ya estaba todo esto que quizás (o no) se pierda. Veinte años después, Runway volvió relanzada por Vasari, el que la contó primero. O por Mallarmé, el primero de los poetas modernos, que el 6 de setiembre de 1874 editó el primero de los ocho números de La Última Moda donde firmaba con seudónimos femeninos (Marguerite de Ponty, Miss Satin, Une dame créole) todos los artículos que escribía sobre joyas, toilettes, mobiliarios y comidas.

