Había una mentirilla en el “es solo un partido de fútbol” con que Lionel Scaloni, al menos públicamente, intentó bajarle el voltaje a una semifinal que era un fierro hirviendo. El engaño del entrenador —con gente así dan ganas de dejarse embaucar— se develó en Atlanta, donde la selección demostró una vez más que le va la vida en cada partido. Hace de cada desafío una cuestión existencial; lo afronta como si no hubiera un mañana. Esta Argentina, que ya tiene un pasado inmenso, glorioso, sigue construyendo futuro, exige reconocimiento por lo hecho y renueva el crédito porque paga al contado, no deja deudas de fútbol, temperamento, inteligencia y entrega.
“Este equipo juega mejor cuando está en dificultad”, dijo tras la victoria ante Inglaterra Scaloni, al que se le acaban las alabanzas para su equipo y al que se le llenan los ojos de lágrimas cuando habla de sus muchachos, como también ocurre con muchos hinchas que se sienten representados por futbolistas millonarios que juegan y ofrecen su corazón con la humildad del que tiene que ganarse el pan de cada día. Y lo que se ganaron no es para cualquiera, nada menos que la segunda final mundialista consecutiva. Se dice rápido y fácil, pero es un trabajo arduo, largo en el tiempo y repleto de exigencias. No apto para conformistas ni victimistas.

