Valter Hugo Mãe: “Harry Potter es una porquería”

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El escritor portugués Valter Hugo Mãe (Angola, 1971) visitó la Feria del Libro, invitado por la embajada de su país.

Mãe es uno de los escritores portugueses más importantes de la actualidad. Muy popular en su país y en Brasil, es autor de las novelas la máquina de hacer españoles, el remordimiento de baltazar serapião (Premio José Saramago), el apocalipsis de los trabajadores y El hijo de mil hombres, entre otras.

También escribe poesía, ensayo y literatura infantil. Dueño de una prosa poética y de gran sentido del humor, respondió en castellano las preguntas de LA NACION durante una charla en la Feria justo el 25 de abril, aniversario de la Revolución de los Claveles, que terminó en 1974 en forma incruenta con la dictadura salazarista en Portugal.

Valter Hugo Mãe en la Feria del Libro

– Sé que te fuiste muy chico de Angola, que todavía era colonia portuguesa, ¿pero creés que haber nacido allí influenció en tu literatura y en tu vida?

– Yo creo que sí. Con dos años ya estaba en Portugal, pero el imaginario angolano se quedó como una construcción literaria en mi cabeza. Porque no podía evidenciar las cosas, pero escuchaba lo que me decían mis padres, lo que me decían mis hermanas, las personas grandes, e intentaba imaginar cómo sería de alguna manera un país al que yo quizás debería haber pertenecido y no pertenezco.

Y entonces siempre digo que todo lo que se habla de África es fantasía, es muy mágico. No creo que se pueda hablar de África sin parecer un poco lunático, porque las cosas ahí tienen otro contexto y otros significados, la filosofía, la mentalidad, la cosmogonía, todo es un mundo diferente.

Entonces, cuando escuchaba a las personas de mi familia hablar del lugar donde yo había nacido, para mí era como escuchar sobre un reino encantado hecho de cosas maravillosas, asombrosas. Era de verdad un poco como el país de Alicia en el país de las maravillas y que tuve la desgracia de no conocer. Pero tuve el privilegio de inventar mi propio país de origen. Pude inventar un poco la manera como nací, la manera como el mundo sería donde yo nací.

Dijiste que fue muy importante para vos la Revolución de los claveles y que de ahí era tu primer recuerdo, el día en que “nació tu cabeza” ¿podrías volver sobre esa frase y contar qué significa?

Sí, sé cuando nació mi cuerpo, pero mi recuerdo más antiguo es de ese día. Me acuerdo de ese momento traumático donde mi mamá me toma para que huyamos de la guerra, de la supuesta guerra. Pero yo creo que me acuerdo también porque yo estaba jugando con un chiquito que era muy blanquito, con los ojos muy claros. Que yo creo que me acuerdo porque los niños con los cuales jugaba en Angola serían muy diferentes. Entonces yo estaba un poco bueno mira éste, que raro y me acuerdo que me decía la expresión “eu ca” voy a hacer esto, “eu ca” voy a hacer eso. Y entonces esta memoria tiene esta cosa doble de traerme un recuerdo específico del Día de la Libertad, del Día de la Conquista de la Democracia, pero ya es una memoria verbal, ya es una memoria discursiva que tiene que ver con las palabras y con una inclinación, a lo mejor natural, no sé, para estar obsesionado con el tema.

– En la máquina de hacer españoles relatás la pobreza que vivía Portugal en los 60, y antes también en los 50, en los 40. Mi padre vino a la Argentina en el 62, sus hermanos se fueron a Francia y a Canadá. . .

– ¿Tu padre era portugués?

– Sí, es portugués.

– Bueno, entonces es exactamente el producto de la dictadura portuguesa lo que hizo. Ha creado españoles, ha creado franceses, ha creado argentinos, nuestra dictadura ha creado ciudadanos por todo el mundo.

– Claro, claro, y yo tuve la oportunidad de ir muchas veces a Portugal en los últimos años y veo un país desarrollado, un país democrático, un país en libertad. ¿Cómo ves hoy a Portugal?

Bueno, a mí me parece que estamos muchísimo mejor. Yo me acuerdo de la pobreza generalizada, ¿sabes? Si había ricos, no los veíamos. Si había alguien que estaba bien, no sabíamos dónde estaba. Sobre todo, yo vivía en el interior, en un pueblo, en una ciudad pequeña. En esta ciudad, si alguien tenía dinero, lo tenía muy, muy, muy escondido. Y vivía como un pobre porque entrábamos en la casa de las personas y veíamos lo que había en las mesas. No había nada.

Cuando venía el otoño empezaban las lluvias y se cortaba la electricidad porque todo era tan débil, tan mal hecho, pobre, no sé, que podíamos quedarnos una semana, dos semanas sin electricidad.

Y entonces se vivía como en las cavernas y vivíamos así, era una tristeza profunda, teníamos que acostarnos a las ocho y media porque no se veía nada, no se podía hacer nada, las velas costaban dinero, entonces íbamos a la cama, nos quedábamos en la cama, pensando, no tengo sueño, no quiero dormir, tengo que dormir, no puedo hacer nada, me acuerdo que todo faltaba, ¿sabes? Y era normal. Me acuerdo de que era normal no tener nada. Me acuerdo de tener unos pantalones para todo el año, y todo el invierno, verano, con el calor, con la lluvia, con todo.

Tenía solo un par de zapatillas. Y tenían un agujero y pasaba el invierno con un agujero y me entraba el agua y llegaba a la escuela, me quitaba las zapatillas y les sacaba el agua y me secaba el pie.

Esto era Portugal, era miserable. Y ha sido la democracia la que posibilitó una distribución mayor, la escuela. Por ejemplo, yo no podría ser lo que soy sin la escuela pública.

Mi papá tenía cuatro años de escolaridad. Mi mamá tiene tres años de escolaridad. Mi papá tuvo 20 hermanos. Mi abuela y mi abuelo lo hicieron un montón de veces (risas) y mi abuela tuvo 21 hijos. La misma mujer y ninguno gemelo. Y mi mamá tenía cinco hermanos, son seis.

Cuando fui creciendo empecé a querer libros. Yo tenía diez años cuando tuve mi primer libro, no tenía libros. Y no sabía si los libros eran para chicos, para niños, porque nunca había visto un libro.

Y yo quise estudiar, cosa que no pudieron mis hermanos, mis primos, mis primas, mis tíos, mis tías, mis abuelos, nada. Nadie en mi familia estudió hasta que yo crecí y decidí que quería ir a la universidad.

Entonces, yo soy un poco una aberración en la familia. Y ahora ya somos un montón, mis sobrinos, los hijos de todos mis primos, toda la gente estudió. Pero esto ha sido posible porque nosotros tuvimos acceso a la escuela pública. Si la escuela no fuera pública, yo no hubiera podido licenciarme.

Sin la escuela pública, sin los docentes, sin los profesores, yo jamás tendría condiciones de ser quien soy y quien me gusta ser, porque soy una porquería, pero me gusta (risas). Sufro mucho, porque mi vida es una porquería. Pero me gusta mi desgracia en este sentido: estoy consciente. Porque creo que la desgracia es una cosa que va a ocurrir a toda la gente. Lo único que podemos tener de nuestro lado como dignidad es tener conciencia. Y entonces yo estoy consciente de la desgracia.

Valter Hugo Mãe en la Feria del Libro

– Siguiendo con la máquina de hacer españoles, ¿cómo fue que decidiste incluir un personaje de Tabaquería, el famoso poema de Pessoa?

– Es que Pessoa tiene un Esteves sin metafísica. Cuando yo estaba en la escuela, estudié el poema, y yo no estaba de acuerdo con la profesora, la docente. A veces no estamos de acuerdo con los profesores. A mí me parecía prepotente, porque lo que dice en el poema es que Esteves no tiene metafísica. Mira qué feliz, qué contento va Esteves sin metafísica. Pero en el poema no se sabe nada más. Y la persona que está observando, el chico, el joven, a mí me parece prepotente porque no pregunta. Qué hace, qué piensa, qué quiere. Nosotros podemos parecer sin metafísica porque estamos contentos instantáneamente, por un momento, por un instante, pero yo estoy convencido que la desgracia es profunda en la vida de toda la gente.

Entonces esta idea de condenar a alguien, porque se presupone que Esteves existía, porque la tabaquería se sabe cuál es, está ahí en Lisboa. Me parece que condenaban a un joven a estar en un monumento poético nacional imbecilizado como un chico que no tiene metafísica, entonces lo rescaté.

– ¿Qué significó para vos ganar el premio Saramago y ser el elogiado por él?

– Bueno, ha sido muy increíble porque yo amo a Saramago, yo lo quería mucho, yo leí mucho sus libros, es un autor muy importante en Portugal y no era una persona muy simpática, no era una persona muy fácil. Era una persona un poco austera y siempre muy directa en lo que creía y bueno, era un montón de dinero en ese tiempo.

Yo estaba muy pobre antes del premio Saramago, muy pobre, y el dinero parecía un milagro en mi vida, pero en ese día cuando me dan el premio, me dan el cheque, yo me olvido del cheque en un lugar porque estaba tan encantado con ganar el premio que me olvidé del dinero.

Cuando Saramago empezó a hablar yo pensaba no siento las piernas. Porque ha sido difícil. Saramago ya estaba un poco más anciano y no decía nada, estaba sentado así con una cara fea, era feo Seramago lo amo, pero era muy feo. Qué tío feo, qué cara de malo, que no hable porque me parecía que si abría la boca iba a destrozar la novela y me iba a morir de vergüenza y me iba a quedar con el dinero pero desgraciado para todo la vida. Y luego se levanta y hace un discurso que yo no lo podía creer, tan generoso, de un elogio tan grande que yo dejé de sentir las piernas, pensé que me iba desmayar. Pero de alguna manera me sobreviví y las personas ni siquiera tuvieron la noción que yo estaba casi muriendo.

Entendí ese día una cosa que yo no esperaba. A veces tenemos una atracción por personas que crean algo. Margaret Atwood dice que si quieres conocer a un autor porque te gustan sus libros, es como querer conocer un pato porque te gusta su cuac cuac. No es verdad. La amo pero no es verdad. Yo tengo la compulsión de aproximarme a los autores que admiro.

Cuando admiramos a alguien por lo que hace necesitamos de una correspondencia. Puede jamás ocurrir, pero si tienes una ínfima oportunidad, lo saludas. Ya es una correspondencia.

Yo entendí que la dimensión de las palabras de Saramago a lo mejor me salvó de 50 años de terapia. Que hizo algo por mi autoestima y por la necesidad que yo tenía de confiar en lo que escribo y de confiar que no tengo que morir a la primera. Puedo morir un poco más tarde, puedo intentar, puedo incluso fallar, pero de alguna manera tuve el privilegio de una correspondencia. Es como ser amado. Si te gusta alguien, a lo mejor no vas a conseguir casarte, enamorarla, lo que sea, pero por lo menos que la persona tenga una educación de reconocer que estás ahí, de tener un gesto que no sea humillante.

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– Bueno, toda esta gente se acercó a vos para conocerte. Entonces tal vez ahora puedan ver que sos simpático, que podés hablar amablemente, quizás no sabían cómo era vos. Quizás eras más amargo, como decimos acá, o más difícil.

– Yo detesto cuando las personas son horribles. Sobre todo cuando son horribles cuando les queremos. No voy a decir nombres, pero aquí en la feria. . . Ya intenté pedir uno o dos autógrafos y no pude.

– ¿En serio?

Porque las personas se ponen importantes. Yo soy guay. No sabía que eras importante. A mí me gustan tus libros, pero la cortesía es otra cosa. Para mí importantes son los docentes, que salvan las vidas de las personas.

– Pero por ejemplo, a vos te gusta Egon Schielle, el pintor. Y él tuvo una vida súper turbulenta, ¿no? O sea, no lo vas a conocer. Pero cuando nosotros nos encontramos con alguien que tiene una vida tan turbulenta…

– Pero yo tengo una vida turbulenta, no voy a lamentar la vida turbulenta de la persona. Siempre que yo sufro pienso, todos mis héroes sufrieron un montón. Entonces, no quiero sufrir, pero tengo que aceptar que es la realidad. Y no creo que sufra más que las personas que no escriben. Por lo menos tengo este privilegio de cambiar las cosas malas en libros. Y los libros son buenos en este sentido, no intrínsecamente, literariamente. Los libros son cosas buenas en nuestras vidas. Siempre son una participación, una transformación.

– En una entrevista acerca de El Paraíso son los otros, dijiste que buscabas salvar el mundo con el libro. Y entonces yo pensé ¿realmente creés tanto en el poder de la palabra escrita?

– No, claro que no. No salvé a nadie. Era un libro que yo escribí para salvar los matrimonios de mis amigos y no salvé ningún matrimonio. Todos se divorciaron mal. Ha sido una porquería. Entonces, no voy a salvar al mundo.

– Pero lo intentaste…

– A lo mejor intenté ayudarlos. Yo soy este imbécil que intenta ayudar a las personas. Pero a veces, la mayoría de las veces, solo quieren mi dinero o mi cuerpo (risas).

– Seguramente te lo preguntaron muchas veces, pero aquí no. Esto de escribir sin mayúsculas ni signos de interrogación ¿busca dificultarle las cosas al lector? ¿Crees que la gente quizás tenga que esforzarse más para leer un libro?

– Yo no quiero dificultar nada y a mí me aburren los libros que son intencionalmente herméticos. A mí me encanta leer pensamientos, pero hay filósofos que hacen un esfuerzo para establecer un lenguaje tan técnico y tan dentro de un mundo que es solo para ellos que nosotros no tenemos cómo leerlo. Yo no puedo leerlo y soy letrado, se los juro, estudié en la escuela y eso. Y yo odio eso. Yo odio que un texto haga un esfuerzo para que yo me quede afuera. No es lo mismo que tener un misterio, que tener una enigma, una dimensión impenetrable. Es diferente.

Entonces, cuando tengo alguna cosa que es un poco más rara, que las personas dicen, bueno, quiero ver una de sus novelas antiguas, no tienen mayúsculas, es porque yo creía en eso, era necesario para mí, yo quería devolver el texto a su naturaleza inicial, que es el pensamiento. No piensas con mayúsculas, no piensas con párrafos, no tienes puntos, el pensamiento es una cosa precipitada, mezclada, casi indescriptible. La ficción siempre es una artesanía, una cosa falsa, porque la literatura es una falsedad, no es natural, no viene de los árboles, y yo quería una imitación de la potencia libre del pensamiento, del texto y su naturaleza. Entonces le quité todo lo que podría quitar y dejo lo esencial para que sea inteligible.

Está escrito correctamente, pero le quito solo la mayúscula, es como leer sin frenos. Si te acostumbras, luego parece natural.

– Pero, por ejemplo, el Ulises de Joyce, también está escrito con esta idea del devenir de la mente, pero no se entiende nada, digamos.

– Me plagió también (risas). Esto de las minúsculas es una transgresión formal que me vino de la poesía. En la poesía los poetas están acostumbrados con todas las cosas. En la prosa siempre tienen una tendencia para establecer formas, reglas, formulaciones que se repiten.

Incluso a mí me parece raro que las personas lean estas sagas que tienen, libro uno, dos, tres, cuatro, con tantos personajes para saber si al final van a casarse. Y son personas de mentiras, no existen. Si se casan o no se casan no me interesa, me interesa lo que producen de pensamiento. Entonces yo no quiero leer cuatro volúmenes, cinco volúmenes de una cosa, de un Harry Potter no lo leería. Bueno, Harry Potter es una porquería y JK Rowling es transfóbica, entonces mierda para JK Rowling. Es fóbica y no me gustan las personas fóbicas.

Una imagen de la película brasileña El hijo de mil hombres

– ¿Cómo fue participar del guion de El hijo de mil hombres que hizo Netflix? ¿Te quedaste contento con el resultado de la película?

– Sí, estoy muy contento. Pienso que la película es muy bonita. Pero yo no he hecho nada. No quise hacer nada, nada, nada.

– ¿No participaste del guion?

– Yo firmé un contrato. Y me preguntaron, ¿quieres escribir el argumento o el guion? ¿Quieres venir a asistir? ¿Quieres conocer los actores? No. No quiero ver nada, no quiero escribir nada. Y luego, cuando la película estuviera pronta para estrenar, invítame y yo vengo. Y ha sido lo que he hecho.

– ¿Por qué hiciste eso?

Porque me aburre. Quiero escribir novelas nuevas. El cine es una cosa. . . Yo amo el cine. Pero no hacer cine. Hacer cine es para gente muy triste. Aún más triste que yo. Porque es muy leeento, jamás termina. Y es algo que se hace en equipo. Toda la gente tiene que llegar. Y yo soy puntual. Yo no me retraso un minuto. Al contrario, llego 30 minutos antes. Entonces siempre hay una persona que llega media hora después, una hora después. Y estamos ahí todos los días por cuatro años para hacer una película. No quiero. Quiero hacer novelas.

– Pero te quedaste contento con el resultado.

– Sí, me parece lindo, lindo, lindo. Daniel Rezende es un director maravilloso. La película es muy delicada y creo sobre todo, que, si bien hay algunas diferencias entre la película y el libro, la película respeta la intención del libro, que es una intención positiva e inclusiva de no dejar a nadie excluido.

– En tu obra justamente hablas mucho de las relaciones humanas, de la comunidad. ¿Cómo ves la sociedad actual, que está muy marcada por un individualismo exacerbado, extremo, que todo el mundo está mirando el celular todo el tiempo?

– (Irónico) De una manera encantadora, me parece una sociedad maravillosa. Las personas, todo es muy maravilloso, no conozco a nadie que no sea maravilloso, muy atento a los vecinos, a los amigos, a mí me encanta.

No entiendo, a mí me asusta un poco. porque parece que las personas no se ponen próximas de las otras, aunque estén juntas, no hay una intimidad verdadera.

– En junio va a salir tu nueva novela. ¿Podés adelantar algo? ¿Podés adelantar el título?

– Sí, es una novela que tiene un título un poco raro, extraño. Se llama El siglo de los imbéciles. Es una novela que tiene una inspiración en Italo Calvino y es la historia de Agilulfo, que es el nombre del protagonista de una novela de Calvino.

Agilulfo es un marqués en tiempo de la República, es un marqués que no tiene monarquía, por eso no tiene marquesado, solo el título, y que cuando sube la montaña se pone brillante, inteligente, maravilloso, diciendo las cosas más increíbles, pero cuando baja de la montaña se pone burro, ignorante, hasta no saber nada de nada de nada. Y la gente en este pueblo, prefiere bajarlo para hacer reír de la estupidez que es capaz de decir, que subirlo para aprender la maravilla que podrían descubrir. Yo creo, no voy a decir cuál es el siglo de los imbéciles, en la novela no lo esclarezco, pero me parece que es una cuestión muy contemporánea, esta propensión para preferir lo que es inculto, lo que es ignorante, lo que es fácil, lo que hace reír con mucha facilidad, lo que es ridículo, como si los imbéciles fueran admirables.






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