La primera parada programada de este paseo es Alpuente, un pueblo medieval una hora al noroeste de Valencia, en la frontera con las comunidades de Aragón y Castilla-La Mancha. Este año fue incorporado en la Asociación de Pueblos más Bonitos de España, que ya suma 122 localidades.
Ni bien queda atrás la ciudad aparecen las serranías del Alto Turia y los campos sembrados de almendros que, por estos días, están en flor. Etérea y delicada, la flor antecede a la almendra que se cosecha en septiembre y es la base de los turrones famosos en el mundo. Si el clima acompaña, la comunidad –principalmente Valencia, Alicante y Castellón– produce alrededor de 90.000 toneladas de almendras por año.
Se ven tan fantásticos los cultivos que son la primera parada no programada para acercarnos a sacar unas fotos. Llega el aire fresco de montaña y se ve el suelo arcilloso de color claro.
Después de varias curvas y contracurvas que trepan en el paisaje aparece Alpuente, a mil metros de altura, un pueblo de 680 habitantes. Todavía es temprano, por eso no hay gente en las calles o quizás es siempre así. Es un día de sol radiante y nos espera la encargada de turismo, que es italiana y le encantó tanto esta zona que se quedó a vivir.
El pueblo se dispone en varios niveles, desde los lavaderos cerca de las acequias hasta el castillo del siglo XII, que fue antes árabe que cristiano y está en ruinas. Lo mejor: las vistas espectaculares de los valles cercanos donde también habitan cabras montesas y corzos.
La historia de Alpuente está a la vista, en la Torre de Alhama –donde estaba el Ayuntamiento–, la iglesia Nuestra Señora de la Piedad construida sobre una antigua mezquita con campanario octogonal (como el Micalet de Valencia), el acueducto Los Arcos, el propio trazado urbano, el horno comunitario que hoy es parte de un museo etnológico.
La panadería no es tan antigua, pero tiene varias décadas y es conocida por las barras –baguette–, rosquilletas de anís, galletitas de pasas y nueces, pastelitos de boniato. Después de nombrar las especialidades del fin de semana, la vendedora dice, con tono de confesión: “El sábado hay mucho pecado aquí”.
Justo al lado de la Oficina de Turismo, el Museo Paleontológico atesora vestigios de una historia más vieja que cualquier otra. Es pequeño y bien nutrido con fósiles de dinosaurio recuperados en las excavaciones: se destacan la pata de un dino y los amonites detrás de una vitrina.
Durante los años 60 y 70, muchos habitantes migraron hacia zonas industrializadas; ahora es al contrario: se nota una vuelta lenta de hijos y nietos en busca de una vida tranquila, cerca de la naturaleza y con la puerta de calle abierta. También los turistas quieren salir de las ciudades y pasar uno o dos días en el campo, por eso hay algunas casas rurales adaptadas para recibir huéspedes.
Muy cerca de Alpuente, la bodega boutique Baldovar 923 aprovecha el terruño calizo y seco, con gran amplitud térmica y mineralidad para lanzar una variedad blanca tradicional, Merceguera y un blend tinto con Bobal, Mencía y Tempranillo. Producen unas 30.000 botellas al año de siete vinos orgánicos y biodinámicos, muy cuidados, que indagan en la expresión de cada parcela y envejecen en roble.
Unos kilómetros después, Chelva es la capital de la serranía, con más habitantes, pero tampoco tantos: 1.670, bastante menos que a principios del siglo pasado, cuando eran 6.000.
El centro gira en torno a una plaza amplia frente a la iglesia Nuestra Señora de los Ángeles, que tardó 80 años en construirse y es un gran exponente del barroco valenciano. Muy cerca, el barrio andalusí de Benacacira, pintado en tonos de azul y celeste y con fuentes de agua públicas, recuerda a Chefchaouen, en el norte de Marruecos. Tiene adzucat –calle sin salida– y es intrincado y enigmático, con el mismo trazado de cuando fue medina en los siglos XI y XII. En un momento, se llega a la antigua muralla, con vistas al campo y a las montañas. En Chelva también está el barrio cristiano de Las Ollerías y el barrio judío del Azoque, por eso se diseñó la Ruta de las Tres culturas.
El pueblo es reconocido por sus senderos de trekking y mountain bike y, especialmente, por la gastronomía casera y tradicional, que se prepara en los cuatro hornos. Imperdible: la coca –una especie de focaccia– de longaniza y panceta (también puede ser de sardina y pimientos). Y las empanadillas de tomate o queso y verdura, las rosquilletas, la galleta –una especie de vainilla casera–, el pan quemado, parecido al pan dulce, entre otros manjares.
En mayo se celebra Quesalia, la fiesta dedicada al queso, en mayo; y la Feria de la Trufa, en diciembre.









